8 trucos útiles para hablar en público

Virginia Cabrera    11 noviembre, 2019

Cuando hace años me propuse mejorar mi habilidad de hablar en público, no encontré otra manera de hacerlo que aprovechar cada oportunidad, lanzándome al ruedo sin pensarlo demasiado. También me ha ayudado mucho leer cuantos libros de oratoria han caído en mis manos.

Pero mis grandes aprendizajes vienen de mis fallos, de aquellos días en los que no estuve a la altura de quien vino a escucharme; de esos momentos de ego y desorden para los que nadie me preparó…

Lejos de ser una experta, quiero hoy compartir aprendizajes, porque sé que te serán útiles la próxima vez que tengas que exponer una idea, explicar las ventajas de un producto o presentar resultados.

Qué debes asumir cuando hables en público

La comunicación de todos mejora cuando asumimos que:

1. No le intereso a nadie

No tiene sentido escatimar tiempo de la exposición leyendo nuestro currículum. ¿No es más efectivo, y más elegante, contar un par de pinceladas relacionadas con nuestra experiencia en el tema tratado y que sea el anfitrión quien nos presente?

Sin embargo, he descubierto que, cuando mi mensaje aporta, entonces sí interesa saber cuáles son mis datos de contacto, que seguramente han quedado perdidos en la diapositiva de portada.

Así que ahora acabo mi ponencia o charla recordando siempre mi nombre, mi correo electrónico y mi perfil de Linkedin. Y añado en todas las diapositivas mi usuario de Twitter, para facilitar el compartir ideas en directo.

2. Sufro de “maldición del conocimiento”

Buscar algo nuevo que contar es una obsesión que me ha llevado muchas veces a dar por supuestos conceptos y experiencias.

En estos casos, incapaz de ignorar una cara de extrañeza, no me ha quedado otra que parar y dar un paso atrás sobre la marcha, improvisando y consumiendo tiempo del discurso que llevaba preparado. Y aunque haya salido airosa, siempre me desconcentra.

Así que ahora siempre preparo las diapositivas de modo que pueda acortar o estirar el discurso, según vaya viendo las caras de la gente. Pero ya tranquila, pues llevo todo adaptado para ello, sin tener que volver atrás ni “pasar esto rápido, porque se agota el tiempo”.

3. Hay que trabajar mucho para ser simple

Confiada en que controlaba el tema o en lo “verde” que podía estar el auditorio, confieso que a veces he hecho uso de diapositivas que ya tenía y me he enrollado como una persiana.

Hay quien piensa que no tiene contenido para dos horas, pero según mi experiencia, lo difícil es dar contenido interesante en 20 minutos, porque hay que olvidar tu ego y pensar mucho en tus oyentes.

Dicen que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Yo he aprendido que además me cuesta el doble o el triple preparar algo breve. Pero que quien tiene el detalle de escucharte, siempre lo agradece.

4. Si no dices “para qué sirve” escucharte, no te escucha nadie

Contar historias para hacer más ameno el contenido es una gran idea, pero también puede ser una gran trampa, porque te puede llevar a confundir atención con foco.

Me he dado cuenta de que, aun cuando consigas incorporar una anécdota original, emotiva o graciosa (lo cual no es tan fácil), no siempre consigues transmitir tu mensaje.

Seguro que te quedas muy contento, porque han seguido tu exposición, pero que -buenos ratos aparte- recordarán más el detalle que el mensaje.

Así que ahora me obsesiono con verbalizar en los primeros instantes el beneficio potencial para quien me regala su tiempo, con el fin de que todo el mundo tenga claro para qué le voy a servir.

5. Estructura y repetición ayudan a la comprensión

Cuando controlas un tema, suelen apoderarse de ti las ganas de contar. Y si preparas tu presentación ensartando ideas una detrás de otra, por muchas veces que proyectes el índice para recordar el orden, a la tercera, la gente se pierde.

Por eso cada vez doy más importancia a la estructura de mi mensaje. Las listas ayudan, pero si son muy largas, busco conceptos que me sirven de “estaciones” en el viaje y presento el discurso como un “plan por etapas”, cuyo objetivo no es otro que conseguir que exista un antes y un después.

Para hacerlo, busco la respuesta en mi mensaje a estas dos preguntas: ¿cómo puedes aplicar lo que te voy a contar? y ¿qué debes tener en cuenta para que hacerlo tenga un impacto que mejore tu vida?

6. A menos texto, más escucha

¡Cómo aburrimos a los oyentes cuando leemos lo que está escrito en la pantalla! Y da igual que sea mucho o poco texto.

Quien se limita a leer no aporta nada. Pero es que además muy pocos consiguen hacerlo con cierto salero.

7. Leer quita fuerza al discurso

Y leer datos (con su unidad correspondiente) es algo que sobra. Yo siempre los pinto, todo lo grandes y llamativos que puedo. Con números o con tartas, pero siempre buscando no solo la estética, sino también facilitar la comprensión a golpe de vista.

8. Es muy feo pasarse de tiempo

Todos tenemos nuestra agenda muy apretada. No sabe más quien más tiempo consume.

Cuando te ajustas al tiempo que tienes, consigues dos cosas: el derecho a “reclamar” la atención en ese tiempo pactado, y el agradecimiento tácito del respeto por la agenda.

Nada agradece más un oyente que el hecho de que se cumplan sus expectativas, no solo en cuanto al contenido, sino también en cuanto a la duración de tu intervención. Siempre ensayo previamente mi discurso para tener una estimación del tiempo. Y si no lo he hecho, miro de reojo el reloj y me las apaño para terminar a tiempo.

8. La sonrisa comunica

No solo la sonrisa comunica; el cuerpo también. Trato de no olvidar todos los aspectos relacionados con la comunicación no verbal. Y sonreír me ayuda a transmitir esa energía y ese convencimiento en lo que digo, sin el cual he comprobado que no llega a destino ni la mitad de lo que comparto.

He aprendido que hablar en público es mucho más que subirse a un escenario. Que todos lo hacemos aunque jamás nos toque coger un micro. Y sea cual sea el contexto, a mí me ha quedado claro:

Comunicas más cuanto más respetas, cuanto más piensas en quien te escucha y cuanto más te olvidas de ti.

 

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