La mujer se queda atrás en la tecnología profesional

Andrés Macario    13 junio, 2019
Mujer y tecnología profesional

¿Podemos permitirnos una tecnología sin apenas mujeres? En mi opinión es volver a cometer errores seculares, de cuando el conocimiento y la ciencia parecía patrimonio del género masculino. Si la tecnología es el motor de la nueva economía y también el factor de transformación, no podemos permitirnos el lujo de no contar con la mujer para cambiar una sociedad en la que defendemos el papel primordial del género femenino. No hay una única forma de desarrollar tecnología, ni una única forma de desarrollar aplicaciones o gestionar datos. La mujer tiene que aportar su punto de vista para que el sistema sea saludable a largo plazo.

A la concentración de los especialistas en tecnología por países, se une este otro problema de desigualdad aún más preocupante: según datos de Eurostat, menos del 17% de los empleos en TIC (Tecnologías de la Información y Comunicación) son titularidad de las mujeres europeas. Esta circunstancia agrava el problema de la brecha salarial, porque son profesiones comparativamente con mejores salarios, y deja a este sector huérfano de aptitudes que pueden aportar las mujeres. Además es una situación que empeora, ya que el porcentaje de mujeres ha descendido seis puntos en la década 2006-2016 (último dato publicado). Se trata de un mal extendido en toda la Unión Europea y solo los países nórdicos superan el 20% de mujeres en empleo tecnológico.

El caso de España es aún más grave en este aspecto, ya que las mujeres han pasado a suponer casi el 20% de las especialistas en TIC a suponer poco más del 15%. La situación se vuelve aún más paradógica teniendo en cuenta que la gran mayoría de estos especialistas cuentan con una educación universitaria, el 80% en el caso español, cuando de media en la Unión Europea los universitarios suponen un 60%. Este dato me hace pensar que en España formamos en gran medida ingenieros para los puestos de contenido tecnológico cuando, sin embargo, hay muchos puestos que requieren probablemente una formación profesional para desarrollar determinadas aplicaciones digitales.

Al parecer, este desequilibrio no se limita a la región de Europa. En toda la OCDE, el porcentaje de hombres que trabaja como especialista en TIC es del 5,5% frente a un 1,4% de mujeres. En Estados Unidos y Canadá, por ejemplo, el porcentaje es entre un seis y un siete de los hombres y un dos en mujeres. En países como Australia los valores son peores y en Suiza se abre aún más la distancia con ocho y uno por ciento respectivamente. Incluso cuando el peso de los especialistas en TIC aumenta sobre el empleo, parece incrementarse la diferencia, como el caso de Finlandia, con un diez por ciento de hombres que trabajan en tecnología, ocho puntos menos en el caso de las mujeres.

¿Realmente podemos mantener las bases de la nueva economía sin mujeres? Una profesión ya de por sí masculinizada reduce la atracción para las mujeres, por lo que es necesario localizar si el problema se encuentra en la política de las empresas, en la oferta de las universidades o en la orientación laboral en edades más tempranas. Resulta curioso que países como Bulgaria y Rumanía, con niveles más bajos de empleo tecnológico – probablemente han empezado más tarde- registren los más altos porcentajes de mujeres, cercanos al treinta por ciento. ¿Nos adelantarán en el futuro? En la era de la tecnología, no podemos dejar fuera a las mujeres.

La ciencia es la madre de la tecnología

A finales de los años 80 del siglo XVIII nacía en Londres, en el seno de una familia aristocrática, George Gordon. A los tres años perdió a su padre y a los diez, cuando murió su abuelo William, heredó sus propiedades y su título de barón. A partir de entonces se le conocería como Lord Byron. Se educó en el Trinity College de Cambridge y a los dieciocho años publicó su primer libro de poesía. Fue en la veintena cuando una memoria de un viaje realizado por Europa –incluyendo su paso por España- le llevó a la fama como poeta.

En 1815, Lord Byron se casó con una mujer que profesaba pasión por las matemáticas. Ese mismo año tuvieron una hija a la que llamaron Ada. Pero, solo un año más tarde, el barón poeta se separó y emprendió una vida errante por Europa. Ada Augusta Byron creció en plena época victoriana. No conoció a su padre, pero su posición acomodada le permitió estudiar en la Universidad de Londres y conocer a figuras de la ciencia y el arte como Faraday o Dickens. Su vida dio un vuelco cuando conoció al matemático Charles Babbage, que había diseñado una máquina que debía funcionar con los elementos básicos de la informática y que nunca llegó a construir.

Ada se casó con un conde y se convirtió en condesa de Lovelace. Posteriormente, como ayudante de Babbage, inventó una notación para describir algoritmos para la máquina de su mentor. Para que su trabajo no fuera censurado por ser mujer, tuvo que firmar con sus iniciales, A.A.L., el que se ha considerado primer lenguaje de programación. Ada de Lovelace, escritora y matemática británica, es reconocida como visionaria del potencial de los ordenadores para resolver problemas en muchas áreas, de las matemáticas a la música.

Un país avanzado socialmente, democrático, plural e igualitario, en definitiva, un país culto, desea tener talento versado en letras. Sin embargo, la formación en ciencias es el caldo de cultivo para la tecnología, y los expertos en esta materia construyen los cimientos de la economía digital. Por tanto, el nivel de estudios en CTIM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) o STEM (Science, Technology, Engineering, Mathematics por sus iniciales en inglés), constituye uno de los parámetros para medir el nivel de digitalización de una economía, sobre todo en términos de potencial. Por supuesto que el DESI (Digital Economy and Society Index) lo incluye y deja a España en una honrosa séptima posición (igual a la de 2017 y tras subir cuatro desde el anterior) con 21 graduados en CTIM por cada 1000 personas en edades comprendidas entre los 20 y los 30 años.

En este punto estamos muy igualados con los países de cabecera, aún por debajo de Finlandia (24), Dinamarca (23), Reino Unido (22), al nivel de Francia y ligeramente por encima de Alemania. Cabría preguntarse si estamos aprovechando adecuadamente esta preparación de nuestros jóvenes para el mundo laboral. A juzgar por el porcentaje de especialistas en TIC que hemos visto, la respuesta es “no”. Tampoco hemos de pecar de ingenuos, puesto que no somos los únicos con problemas. En el caso de Francia, con ratio de graduados en ciencias y tecnología similar al nuestro, cuatro de cada diez compañías –fuera del sector financiero- que han intentado contratar a un especialista en tecnología, han encontrado dificultades para cubrir una vacante; un nivel similar al resto de Europa.

Programar para pensar más y mejor

El Plan de Educación Digital francés, que fue fundado en 2015 con una dotación de mil millones de euros, está enfocado a mejorar la eficiencia del sistema educativo y proporcionar a los alumnos las habilidades digitales básicas. Para ello empezó implementándose en doscientos colegios y trescientos institutos. Se trata de que los niños aprendan cómo funciona un ordenador y no solamente a usarlo, aprendiendo a programar desde primaria, para conseguir una puntuación en tecnología al nivel de la India u otros países asiáticos. El sistema defiende que la programación induce una determinada forma de razonar y confiere habilidades transversales para el análisis y resolución de problemas, sin que necesariamente todos los alumnos tengan que convertirse en ingenieros.

Los colegios franceses han observado que en las clases de informática los niños están deseosos de terminar sus proyectos, no salen en estampida en cuanto suena el timbre… Conocer la tecnología probablemente hace a los adolescentes más responsables en su uso y los prepara para las profesiones digitales.

Otro ejemplo de país con alto ratio de graduados en CTIM es el Reino Unido, donde el empleo de carácter tecnológico ha crecido significativamente en los últimos años, alcanzando un millón y medio de profesionales TIC (el cinco por ciento de su masa laboral), mientras que los graduados en Informática han disminuido más del diez por ciento y solo una de cada cinco son mujeres.

El del Reino Unido es un ejemplo a observar. Cada año se crean 130 mil vacantes de empleo relacionados con la tecnología. En los últimos años, el gobierno británico ha fortalecido la formación en habilidades informáticas desde los cinco años. Además se ha constituido un colegio estatal de habilidades digitales, que proporciona instrucción gratuita en competencias digitales para alumnos a partir de secundaria. Este instituto se basa en las relaciones con la industria –con grandes empresas como socios fundadores- para conectar el vacío existente entre la educación y el mundo real y preparar a los jóvenes para las necesidades específicas de las empresas. El centro lleva el nombre de Ada de Lovelace de quien, dice, beben sus valores: curiosidad, rigor, creatividad, colaboración y resiliencia.

Retos de un sistema de habilidades digitales

Si queremos llegar a ser verdaderos actores del mundo digital –y no quedarnos como meros espectadores-, tenemos que empezar por poner nuestras habilidades digitales al nivel adecuado. En Europa se han identificado cuatro áreas en las que trabajar: la educación, los ciudadanos, el mercado laboral y los profesionales de tecnologías de la información.

¿Vamos por buen camino en la educación de nuestros niños y jóvenes? ¿O nos limitamos a dejarles usar el teléfono inteligente a una edad temprana para que adquieran unas habilidades de escaso provecho profesional? En el sistema educativo hay que hacer algo más que poner parches o adornos. Se trata de empezar a dotar a los colegios e institutos de infraestructuras tecnológicas con las que docentes y alumnos puedan trabajar. En paralelo, es necesario actualizar los contenidos y los modelos pedagógicos, para adaptarlos al mundo que queremos que vivan y construyan. Para ello es necesario que también se forme a los equipos docentes en habilidades tecnológicas y en la nueva forma de enseñar.

Es importante, por ejemplo, enseñar a los alumnos a buscar información en Internet y verificar datos de forma fidedigna, pero también tenemos que ayudarles a desarrollar un pensamiento crítico frente a todo lo digital. Sin duda, una estrecha colaboración entre el sistema educativo y la industria, porque será la única forma de alinear la enseñanza a la productividad futura. Algunos colegios cuentan con mejores equipos, profesores con habilidades digitales y un programa educativo moderno, pero de momento se calcula que no llega a una cuarta parte de los estudiantes en Europa y hay que conseguir que sea algo generalizado.

No podemos permitirnos tener a una parte de la población sin habilidades digitales. Cada día hay nuevos servicios que solo se pueden obtener digitalmente o nuevas ventajas de acceder online. Aparece la figura del ciudadano desfavorecido digital, bien por su edad o por su falta de formación. ¿Cómo hacer que una parte importante de la población supere el desinterés por lo digital? Hay un trabajo de concienciación y de dar acceso al conocimiento, a la vez que se proporcionan los recursos y la formación para que la totalidad de los ciudadanos adquiera, al menos, un nivel básico de habilidades digitales, así como la protección de su privacidad y seguridad para aumentar su confianza.

En el mercado laboral ya caben pocas dudas de la necesidad de contar con algo más que habilidades digitales básicas. Un nivel superior de competencias va a ser indispensable para encontrar un trabajo o emprender. Hay que mejorar las habilidades relacionadas con el ámbito profesional y algunas a las que de forma natural o intuitiva se les ha prestado poca atención, como es la seguridad. También tenemos que preparar a los directivos para que consigan ser líderes en la digitalización de sus empresas y de sus empleados. Hacen falta profesionales TIC en todos los sectores y no puede ser que crezca el número de vacantes de puestos de tecnología y a la vez tengamos una alta tasa de desempleo entre los jóvenes. ¡No tiene sentido! Como generación, tenemos la obligación de poner orden en el mercado laboral.

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