¿Quieres mejorar tu carrera? Ponte una meta y crearás un camino

Alfonso Alcántara    31 enero, 2020
Carrera profesional

No pienses en lo que quieres ser, piensa mejor en lo que quieres hacer.

¿Hacia dónde quieres dirigirte?

En la Guía de Reinvención Profesional, uno de los artículos más visitados de mi página, insisto en esta idea: trabaja en lo que puedes, pero no dejes de perseguir lo que quieres, aunque sea un minuto al día.

Es una propuesta que tiene mucha aceptación cuando la comparto en conferencias presenciales y en las redes sociales. Creo que en ella subyace la esperanza de un futuro profesional, una ilusión con la que casi todos nos sentimos identificados, bien porque queremos superar una situación de inestabilidad o precariedad laboral, bien porque siempre sentimos el anhelo de encontrar algo mejor, casi ideal, incluso aunque disfrutemos ahora de una ocupación profesional satisfactoria.

Sin embargo, el cambio hacia “algo mejor”, para que sea posible, implica necesariamente conocer bien ese algo a lo que aspiramos, generalmente poco definido y demasiado idealizado.

Un informe realizado por una aseguradora revelaba que los trabajadores españoles, cuando piensan en su jubilación, “sueñan con viajar, dedicarse a una afición especial y cuidar de sus hijos y nietos”. Pero la realidad es que una vez que no tienen actividad laboral, dedican gran parte del día a “dar largos paseos y no hacer nada”.

También cabe recordar que nuestra motivación profesional y no profesional es cambiante, en parte porque cambian los intereses cotidianos, las situaciones personales, el estado físico, la salud, las relaciones y las condiciones vitales en general.

Por otro lado, el interés que sentimos por metas que nos parecen hoy deseables y razonables, es posible que sufra mucho desgaste cuando esos retos empiezan a demandarnos más planificación, competencias y esfuerzo y cuando se inicia el desempeño de las actividades profesionales en situaciones reales.

No se puede no cambiar, pero cambiar para bien es muy difícil

Cambio es una palabra tan inoculada en el mundo de la empresa que los profesionales ya hace tiempo que han desarrollado anticuerpos muy efectivos.

También los directivos persiguen el cambio con tesón, el cambio de los demás, claro.

El cambio puede ser más concreto, por ejemplo, el que se refiere a los hábitos y actividades cotidianas y funcionales; o más abstracto, general y amplio, para referirnos a la vida espiritual o existencial.

Dejar de fumar y ascender en la empresa son, por ejemplo, cambios específicos cuyo “itinerario de consecución” es tangible y acotable en inversión y acciones necesarias. 

Otras metas, como disfrutar más de la familia o “tomarse la vida con más tranquilidad”, son más difíciles de concretar, porque requieren decisiones sobre valores y estilo de vida y además implican a más personas.

El cambio también puede ser positivo o negativo, motivado por lo que se quiere o motivado por evitar lo que no se quiere, respectivamente.

No es lo mismo querer mejorar en el desempeño profesional para obtener mayor reconocimiento y disfrutar más del día a día, que tener que hacerlo para evitar un despido o una situación laboral estresante.

La mayoría de las personas también diferencia entre los cambios que atañen al ámbito profesional y aquellos que se circunscriben a la esfera no profesional.

Creo que esta diferenciación entre ambos ámbitos vitales no puede ni debe establecerse de una manera rígida, si queremos conseguir una existencia equilibrada. Incluso reivindico esta idea en el subtítulo de mi libro SuperprofesionalTómate tu vida profesional como algo personal.

También hay cambios superficiales, anecdóticos, puntuales y de andar por casa que, aunque parezcan cambiarlo todo, en realidad nunca cambian nada. No son objeto de este artículo, porque ya los conocemos bien.  

Los cambios no los hacemos, nos pasan

Una persona solo cambia cuando “se encuentra” algo mejor (o diferente), cuando ya ha aprendido lo necesario o cuando ya ha sufrido lo suficiente.

Coincidirás conmigo en que en la mayoría de las ocasiones los cambios no los hacemos, nos pasan, aunque luego contemos y nos contemos la historia como si fuésemos sus diseñadores.

Como mencioné antes, demasiadas decisiones las tomamos para evitar males o incomodidades antes que para perseguir parabienes, seamos o no conscientes de ello.

Y esta tendencia a comportarnos “contra lo negativo” se debe en gran parte a la dificultad que tenemos para conocer y perseguir lo que queremos, lo que nos deja más dedicación para estar más atentos a lo que no nos gusta, que generalmente lo sabemos y sentimos con más certeza.

Los contextos en los que vivimos y trabajamos y las personas con las que nos relacionamos también tienen una influencia directa sobre nuestras conductas, valores y elecciones.

En las sesiones motivacionales de empresa suelo hacer una dinámica de relación con toda la sala para obtener esta moraleja: somos como las cinco personas con las que más nos relacionamos. Más allá de la exageración humorística de esta conclusión, la mayoría de los asistentes suele asentir en señal de acuerdo.

Si mis muy mejores amigos de la adolescencia hubieran sido fumadores, me caben pocas dudas de que yo también habría fumado, tal como también adquirí otros muchos hábitos e intereses que sí llegamos a compartir.

Qué nos hace cambiar

Piensa cuál fue el último cambio importante que acaeció en tu vida profesional.

Intenta recordar el punto de inflexión vital en que se originó ese cambio y los factores que influyeron en la transformación.

Muchas personas no son conscientes de las razones que les hacen cambiar, en parte porque no conocen los elementos psicológicos y contextuales que producen el cambio.

Y en parte porque en nuestra cultura occidental usamos una autonarración de superación que nos presenta como actores y autores de nuestro cambio, gracias a nuestras decisiones y esfuerzos, siempre que ese cambio sea positivo. En caso contrario, si las cosas no van como deseamos, es debido a circunstancias y obstáculos fuera de nuestro control.

El problema no es tanto contar y contarse historias, sino que esa visión de profesionales hechos a sí mismos nos aleja del conocimiento de las variables realmente responsables.

La forma más efectiva de mejorar nuestra carrera profesional y nuestro estilo de vida es modificar las relaciones, los contextos, los motivadores y las condiciones en las que vivimos, aprendemos y trabajamos.

Los factores del cambio

Os propongo un breve repaso por las variables más influyentes en el cambio.

Los factores del cambio

1. Motivadores personales y motivadores disponibles

Cuantos más intereses y más necesidades tengas, por definición, más motivado estarás hacia ese cambio que persiga satisfacerlas.

Si te gustan mucho el aeromodelismo, los deportes acuáticos, el ajedrez, la electrónica y las motos, tienes muchas posibilidades de implicarte en actividades relacionadas con todos esos intereses, incluso aunque impliquen mucho esfuerzo, inversión o movilidad geográfica.

Por otro lado, si eres una persona con pocos intereses, estás poco “interesada” por el cambio. Por definición.

¿Por qué tantos deportistas españoles reconocidos son catalanes? ¿Tendrán algo que ver las condiciones de promoción del deporte que se crearon con ocasión de las Olimpiadas de Barcelona de 1992?

Parece evidente que surgirán más deportistas en las ciudades que ofrezcan más recursos y mejores condiciones para la práctica deportiva, por mucha voluntad y esfuerzo individual que pongan otras personas interesadas por el deporte, pero que no disfruten de estas ventajas en sus localidades.

De la misma forma, las empresas más innovadoras generalmente invierten más recursos para que sus trabajadores puedan dedicar más tiempo y esfuerzo a innovar.

En síntesis, el desarrollo profesional y organizacional depende especialmente de la disponibilidad de recursos y motivadores potenciales, y no de la genialidad o competencia excepcional de las personas.

2. La información por sí sola produce cambios

La información tiene potencial motivador. Las personas “no somos las mismas” antes y después de recibir información valiosa. Conocer alternativas, caminos y métodos puede conducir a cambios “naturales”.

Tras realizar numerosos cursos de formación presenciales en tu ciudad sobre diferentes materias que no condujeron a las oportunidades profesionales que esperabas, obtuviste información sobre la posibilidad de realizar un grado superior de FP a distancia en Informática. Si hubieras sabido antes que existía esta opción…

3. Acceso a recursos

Contar con recursos o con apoyos profesionales concretos es un facilitador frecuente del cambio cotidiano y de la reinvención.

Descubriste que tu empresa ofrecía a sus empleados la posibilidad de realizar estancias formativas en el extranjero para perfeccionar un idioma. Aprovechar ese recurso te permitió disfrutar una experiencia nueva que cambió tu estilo de vida y tus intereses profesionales.

4. Relaciones

No voy a extenderme en este punto, porque creo que es evidente la influencia de contactos, compañeros, amigos o familiares.

Si a tu nueva pareja no le gusta que fumes y a ti te gusta mucho tu pareja, enhorabuena, ha aparecido un nuevo motivador en tu vida que tal vez “te dé las fuerzas suficientes” para abandonar el tabaquismo.

Tu pareja cambió su residencia a otro ámbito geográfico por motivos profesionales y decidiste acompañarla. Los cambios más drásticos generalmente nos pasan, no los hacemos.

5. Éxitos y fracasos

Los logros y fracasos en general, y los importantes en particular, influyen en nuestra motivación e intereses profesionales y pueden tener efecto en nuestras decisiones sobre el futuro a corto y medio plazo.

La resiliencia o resistencia a la frustración es un concepto que describe el esfuerzo y la inversión que potencialmente somos capaces de dedicar para perseguir objetivos y retos en función de diferentes niveles de exigencia.

Pero esa resiliencia depende directamente de la historia de éxitos y fracasos, de las competencias y de los recursos de que disponemos, especialmente con relación al reto de que se trate.

Si hay personas que abandonan proyectos antes que otras, se debe en gran parte a que sus “bagajes de resistencia” son menores.

Si como escritor no profesional obtienes un gran reconocimiento por tu segunda novela autopublicada, es posible que ese éxito, al menos de crítica, aumente tu “resiliencia” y te anime a seguir escribiendo, e incluso a replantearte abandonar tu ocupación actual en unos años para dedicarte a escribir de forma exclusiva.

En el otro “lado motivacional”, si esa segunda novela a la que dedicaste tiempo y esfuerzo, hubiera sido un fracaso, eso afectará a tu motivación, incluso a replantearte una pausa como escritor.

6. Intereses y competencias específicas

Especializarse en una materia o técnica determinada y adquirir competencias profesionales muy concretas pueden generar “vocaciones” motivadoras y nuevas oportunidades.

Nos puede interesar cualquier cosa si le damos una oportunidad. Cuanto más expertos seamos en una temática, herramienta o actividad, más profesionales, reconocidos y motivados nos sentiremos.

Aprender un lenguaje de programación como hobby te permitió descubrir un amplio sector profesional con muchas alternativas de desarrollo profesional.

7. Planificación

Los planes motivan, así de sencillo. Planificar facilita y acelera el cambio de forma proactiva.

La planificación es uno de mis motivadores favoritos, porque es de los pocos que depende casi enteramente de nosotros.

Un profesional con habilidades de planificación cuenta con las herramientas para producir el cambio: definir metas alcanzables de manera operativa, diseñar proyectos motivadores, y establecer pautas de evaluación y seguimiento.

Define tus objetivos para mejorar tu carrera

Planificamos las vacaciones mejor que nuestra vida profesional, porque escapar es más fácil que mejorar.

Mejorar la carrera es una decisión que requiere planificación, especialmente para indagar alternativas y recopilar información válida y fiable sobre las potenciales opciones. 

¿Defines tus objetivos de forma “accionable”?

OBJETIVO 1:

Quiero mejorar la relación con mis compañeros de trabajo.

OBJETIVO 2:

Mi idea a medio plazo es promocionar en mi empresa.

Estas declaraciones no son objetivos, son intenciones que no sabrás cómo perseguir ni cuándo las has alcanzado. Intenta enunciar tus metas de forma evaluable y “accionable”.

Si has decidido progresar en la empresa, visualiza y describe el escenario o la situación final que confirmaría que has logrado esa promoción.

Estos indicadores finales y otros intermedios te permitirán valorar el progreso y te motivarán para mejorar y continuar. Mejor así:

—Preguntaré periódicamente a mis compañeros de equipo cómo puedo ayudarles y les pediré feedback sobre mi rendimiento en los proyectos.

—Quiero pasar de project manager del equipo mobile a integrarme como directivo del área de negocio de la empresa en doce meses.

La mayor ineficacia posible es no saber lo que quieres pero matarte para conseguirlo. 

Si no sabes qué quieres, tu primer objetivo es saberlo.

Y antes de intentar ser eficaz persiguiendo una meta, asegúrate de que es una meta que te motiva lo suficiente.

Pero, ¿qué puedes hacer si no sabes cuál es tu objetivo? Pregúntate: ¿qué quiero conseguir?

Muchas personas no están satisfechas con su vida profesional diaria y declaran que ‘quieren cambiar’. Sin embargo, la mayoría no hace nada al respecto, porque dicen no tener tiempo, debido a las obligaciones impuestas por su estilo de vida y su desempeño laboral actuales.

¿Cómo puedes diferenciar la falta de recursos de la falta de motivación para abordar un objetivo? Hazte esta pregunta:

Si tuviera cinco minutos, ¿a qué los dedicaría?

Si hubieras empezado a aprender chino hace diez años dedicándole cinco minutos al día, ya habrías estudiado 18.250 minutos, 304 horas o ¡38 días completos!, considerando que un día tiene 8 horas de trabajo.

Este tipo de planteamientos son sugerentes sobre cómo organizar la vida profesional de forma provechosa, pero también tramposos. Esos cinco minutos que no hemos dedicado al chino tal vez los hayamos invertido en otros objetivos provechosos. O simplemente en descansar y no hacer nada, que también es necesario.

Además, en este caso, para alcanzar un mínimo de concentración, las sesiones de estudio deberían ser periodos más largos.

En todo caso, las ventajas de estas propuestas teóricas es que nos invitan a pensar en alternativas, en lo que queremos, y no solo en lo que supuestamente no podemos. También nos ayudan a decidir y hacernos conscientes de nuestras prioridades:

¿Esos cinco minutos que dedico a escuchar música debería dedicarlos a aprender chino?

Definir metas concretas es motivador, porque te ofrece referencias propias y ajenas para conocer la eficacia de los pasos que das. La visibilidad que ofrece Internet también facilita inspirarte en las metas, proyectos y carreras que desarrollan aquellos profesionales a los que querrías parecerte.

Y si pudieras, ¿qué te propondrías hacer?

No hacemos el amor desde que tenemos niños.

—Y si no tuvieras niños, ¿qué harías esta noche?

¿Qué harías si no estuvieran esos obstáculos que dices que te impiden hacer lo que dices que quieres hacer?

¿Qué querrías conseguir si estuvieras seguro de poder alcanzarlo?

Yo tampoco sé lo que quiero hasta que me dicen “pide un deseo”.

No es tan importante qué objetivo eliges como elegir objetivos. Si no sabes qué quieres, empieza eligiendo algo que hacer o algo que conseguir. Así puedes empezar a practicar la habilidad de especificar objetivos.

Una vez que un deseo o una meta se convierten en algo explicito, producto de una decisión, es más probable que se convierta en un proyecto o en un plan que motive a su persecución. Cuidado que es adictivo.

Decide qué quieres conseguir, no qué quieres evitar

—¿Adónde vas?

—A donde me lleve el viento.

—Ya, pero y si no soplara el viento, ¿adónde irías?

Existen dos tipos de profesionales, aquellos que persiguen lo que quieren y aquellos que solo evitan lo que no quieren. No valores las alternativas solo porque excluyan aspectos que te disgustan, céntrate en encontrar lo que te motiva.

No te preguntes lo que no quieres, pregúntate lo que quieres.

Cinco ideas sencillas para alcanzar tus metas

Cada objetivo es único.

Cada meta es diferente y requiere su propio ‘itinerario’, su propio plan de consecución.

Varios objetivos implican andar varios caminos, no podrás recorrerlos a la vez con la misma intensidad.

Empieza ahora.

Emprende la acción de inmediato. Ley del esfuerzo decreciente: cuanto más tiempo transcurra antes de que actúes, menores son las probabilidades de que des el paso.

Haz algo para que la bola siga rodando.

Visibiliza tu reto.

Mantén tus objetivos siempre presentes y fáciles de supervisar con las herramientas que consideres adecuadas. Registra tus objetivos y anota su evolución.

Evalúa y adáptate.

El plan debe ser tu referencia hasta que lo cambias o hasta que cambias de objetivo.

¿Tienes dudas u objeciones importantes sobre la posibilidad de dar este paso?

¿Deberías abandonar este objetivo y plantearte otro?

Supervisa y registra tus avances y retrocesos. No esperes que el plan funcione o falle, analiza continuamente cómo adaptarlo para que funcione.

Temporaliza.

Especifica plazos provisionales y revísalos. Establecer tiempos para la consecución de un objetivo y de sus avances tampoco es una obligación, es otra referencia motivadora.

Al igual que el propio objetivo, puedes cambiar el plazo de consecución pero, si lo haces, debes decidirlo con criterios claros y de forma justificada.

Proyecta: convierte deseos en planes

Planificar es convertir objetivos en proyectos. ¿Qué pasos profesionales puedo dar para conseguir lo que quiero? Un proyecto responde a esta pregunta, porque diseñar proyectos ayuda a indagar y preparar una línea o reto profesional.

Cuando preguntas a alguien dónde piensa pasar sus vacaciones, su respuesta tiene un nombre: se llama ‘plan’. Si te tomas tus objetivos tan ‘seriamente’ como las vacaciones, puede que conviertas tu vida entera en unas vacaciones.

Algunas personas declaran ‘no saber planificar’ o resaltan que no están acostumbrados a hacerlo. Sin embargo, unas cuantas preguntas les hacen conscientes sobre lo mucho y lo bien que planifican.

Por ejemplo, cómo decidieron la compra de un producto tecnológico o cómo planificaron la última barbacoa, ¡o su boda!, un objetivo que exige grandes habilidades de organización.

Todas las personas sabemos planificar, pero no muchas tenemos el hábito de planificar en contextos profesionales, salvo por urgencia u obligación.

Ocho preguntas que te ofrece la psicología para definir mejor tus objetivos

Todos definimos objetivos, pero las personas que lo hacen de forma sistemática tienen más posibilidad de alcanzarlos.

Los modelos y procedimientos “profesionales” para el establecimiento de objetivos provienen de la psicología conductual (1), que se basa en la definición operativa y observable de los factores implicados en el cambio.

Si has decidido definir mejor lo que quieres conseguir en la vida, hazte estas ocho preguntas.

1. ¿Qué quieres?

¿Tienes claro tu objetivo? Especifica lo que quieres, no lo que no quieres, describe lo que persigues, no lo que evitas.

2. ¿Te motiva lo suficiente?

Elige un objetivo que te exija lo suficiente, retador pero no imposible. Si una meta no te motiva, antes de buscar otra, tal vez puedas intentar hacerla más exigente.

Valora lo que vas a logras al alcanzar tu objetivo: ¿supone un avance importante? ¿Hay otros objetivos más importantes que compitan con él?

Si tienes alguna duda sobre ese interés, podrías analizar mejor la situación o buscar otro objetivo que te motive más.

La importancia de la motivación a la hora de buscar retos la resume muy bien Jonathan Kozel:

Elige batallas que sean lo bastante grandes para tener importancia, pero lo bastante pequeñas para poder ganarlas.

3. ¿Cómo cambiará el objetivo tu vida a corto y largo plazo? ¿A quién más afectará?

Visualiza cómo influiría la consecución de la meta en tus hábitos cotidianos, tus relaciones y tu vida profesional y personal.

Busca el apoyo de aquellas personas que se beneficiarían de forma positiva de que alcanzaras el objetivo y prevé los problemas que podrían causar las personas a quienes no les gustaría que lo consiguieras.

4. ¿Tu objetivo es alcanzable y manejable?

Define una meta de dificultad y temporalización que te resulte asequible.

Si tienes dudas sobre las posibilidades de lograr ese objetivo, tal vez debes dividirlo en otros más pequeños o intermedios. O tal vez debes cambiar de meta.

5. ¿Lo podrás hacer tú solo o necesitarás apoyos?

Elige retos que estén bajo tu control actual o potencial, con o sin ayuda. Si vas a requerir apoyo, debes considerar la búsqueda de ese apoyo como parte del plan. Cuanto más depende de ti un objetivo y menos de lo que tienen que hacer otras personas, más motivador y alcanzable será.

No puedes obligar a que te quieran, pero puedes esforzarte para que lo hagan.

6. ¿Qué vas a hacer primero, qué pasos vas a dar?

Planea, describe y prepara bien los primeros pasos. Los logros y avances iniciales son importantes para aumentar la probabilidad de éxito del plan.

¿Cómo puedes empezar a cambiar? Haz una lista de las cosas que tienes que hacer para conseguirlo y descompón esas cosas en pasos y tareas pequeñas.

7. ¿Cómo sabrás que alcanzaste el objetivo?

Especifica un objetivo cuya consecución puedas reconocer, medir y verificar, que te permita saber cuándo lo has conseguido.

8. ¿Cuentas con los recursos suficientes?

Debes recabar los recursos iniciales para impulsar el plan y también aquellos que permitan mantener su desarrollo y finalización.

Valora tus propias competencias, conocimiento, experiencia y contactos como parte de esos recursos.


(1) Martin and Pear, Modificación de conducta, 1998

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