Web 0.0: La vida antes de Internet

Roberto García Esteban    14 junio, 2016

La idea para este post surgió después de leer una noticia sobre el proyecto Web 0.0, del artista italiano Biancoshock.

Biancoshock se trasladó a Civitacampomarano, un pequeño pueblo italiano de apenas 400 habitantes, la mayoría de ellos de más de 60 años de edad, en el que no hay cobertura de móvil y las conexiones de datos directamente no existen. El objetivo era recordar cómo hacíamos en el mundo “analógico” anterior a la llegada del Internet las cosas que hoy hacemos en el mundo de las redes sociales. Así, Twitter sería un banco donde los vecinos se sientan a charlar, Facebook un cartel de anuncios en el pueblo, ebay una tienda tradicional, Whatsapp la cabina de teléfono de toda la vida, Gmail obviamente el buzón de correos del pueblo, Tinder, un tranquilo parque a las afueras donde acuden los jóvenes y Youtube, la televisión del bar del pueblo, entre otros ejemplos.

Me pareció una idea fantástica que, además, da pie a muchas interpretaciones. En primer lugar, se puede debatir sobre si tener un acceso de calidad a Internet, sea cual sea la tecnología empleada, debe ser en pleno año 2016 un derecho básico para cualquier persona que viva en cualquier núcleo de población, como lo es el acceso a la energía eléctrica o al agua corriente, y sobre el papel que deben jugar los reguladores para garantizar la calidad de dicho acceso. En España, según los datos del informe anual de Cobertura de Banda Ancha en España realizado por el Ministerio de Industria, Energía y Turismo, en 2015 había un total de 800.000 hogares, con más de 2 millones de ciudadanos viviendo en ellos, que carecían de un acceso a Internet de al menos 2 megas de velocidad. La extensión de la fibra óptica en los últimos años no hace más que ensanchar la llamada brecha digital entre el entorno rural y el urbano, lo que pone en duda los objetivos de la Agenda Digital para Europa, que se ha marcado garantizar para todos los ciudadanos de la UE un acceso a Internet de 30 Mbps en el año 2020. “El futuro ya está aquí pero mal distribuido” y es una cuestión que debe preocuparnos.

Por otro lado, puede surgir cierta nostalgia al recordar “lo bien que se vivía antes de Internet”: la tranquilidad de estar desconectado e ilocalizable cuando el móvil no iba contigo a todas partes, la ausencia de distracciones que te permitía centrarte plenamente en lo que estabas haciendo en el trabajo o disfrutar tranquilo de una comida con amigos, la percepción de tener más control de nuestra privacidad porque antes no había riesgo de que tu vida acabara expuesta urbi et orbe, o incluso una cierta sensación de placentera ignorancia en contraposición con el bombardeo de información que sufrimos hoy en día, que provoca, como dice el escritor Jordi Sierra i Fabra, que seamos “unos ignorantes bien informados pero unos burros globales”, porque nos llega mucha información pero de manera puntual, en forma de bullets, sin profundizar y sin ver ningún tema en su totalidad. Según este planteamiento, ciertamente se podría llegar a pensar que antes de Internet vivíamos mejor.

Yo, sin embargo, me quedo con una tercera reflexión: las aplicaciones que vemos como grandes avances tecnológicos se basan en realidad en componentes sociales que han existido toda la vida y que han permitido que las personas intercambien información entre sí, porque la necesidad de comunicarnos ha estado siempre en todos nosotros. La diferencia es que lo que antes se hacía en las calles o en el bar del pueblo ahora se ha desplazado en gran medida a la Red porque las nuevas tecnologías han superado las barreras del tiempo y del espacio. Por ejemplo, siempre se han enviado cartas, pero éstas tardaban varios días en llegar a su destinatario mientras ahora un mail llega de forma inmediata al otro extremo del mundo. O podemos recordar también cuando toda nuestra red de contactos profesionales estaba dentro de un tarjetero en forma de tarjetas de visita y había que ir de uno en uno si necesitabas algo mientras ahora están en la nube accesibles a través de Linkedin.

No creo que con las nuevas tecnologías socialicemos menos o vivamos más aislados; al revés, alguien desde un pueblo remoto puede sumarse a la conversación global de un hashtag o una pequeña tienda de cuchillos de Albacete vender en Australia. Simplemente ha cambiado la forma en que hacemos las cosas. En cualquier caso, las TIC son una mera herramienta y la clave está en el uso e intención que pongamos en ellas. Desde luego, Internet no es el enemigo. El mundo es mucho más accesible, tenemos muchas más oportunidades y las nuevas tecnologías propician la creación de muchísimos puestos de trabajo y el crecimiento de la economía mundial. Aunque, eso sí, “el corto de antes” también tiene su versión 2.0 en quien se despeña haciéndose un selfie o está más preocupado de  fotografiarse los pies que en disfrutar de un día de playa.

Imagen: CB Photography

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