Es hora de exigir un nuevo «data deal»

Mercedes Núñez    29 marzo, 2019

Han pasado cinco años ya desde la primera vez que escuché a Paloma Llaneza. Hablaba de big data: negocio versus privacidad dentro del ciclo de conferencias “Vivir en un mar de datos”. Hace dos días lo hice de nuevo en Telefónica, con motivo de la presentación de su libro “Datanomics. Todos los datos personales que das sin darte cuenta y todo lo que las empresas hacen con ellos”. En este tiempo el tema no solo no ha perdido actualidad, sino que se ha convertido en un problema más acuciante aún si cabe.

Pero a veces no tenemos la percepción de ser vigilados y otras -afirma esta abogada experta en aspectos legales de la tecnología e identidad digital- somos conscientes del riesgo pero “no queremos que la fiesta se acabe porque cuando se pare la música no tendremos una silla en la que sentarnos”. Esta sociedad fluida nos desposee, a cambio de caramelos, de muchas cosas: éste es uno de los mensajes de esta obra rigurosa y didáctica, con la privacidad como hilo conductor.

Paloma explicó que para escribirla no ha necesitado buscar la información como Indiana Jones el arca perdida, sino que los datos están ahí… Lo que no podemos hacer es mirar hacia otro lado y sobre eso llama la atención. Nos tenemos que involucrar en cómo funciona nuestra sociedad, informarnos aunque no nos guste lo que descubramos porque solo así estaremos en disposición de cambiar las cosas. Para ello la autora del libro apunta la importancia de la educación y de tener el criterio suficiente para hacer efectivo el libre albedrío.

Afirma que hay un eterno optimismo con la tecnología pero debemos pararnos a pensar para qué la queremos. En este sentido, estamos muy necesitados de la filosofía porque nos encontramos ante una situación sin precedentes.

Seguro que si fuéramos a una ferretería a por una linterna y nos la regalaran a cambio de “firmar unas cositas”, proporcionar nuestra agenda de contactos, el álbum de fotos y dar hasta la clave de la taquilla del gimnasio nos quedaría claro que el producto somos nosotros. En el mundo digital proporcionamos muchos datos que nos identifican y reflejan nuestros pensamientos profundos y comportamientos, lo que facilita que las empresas y los estados muchas veces “jueguen al ajedrez con nosotros ”, según Paloma, y nos movilicen en uno u otro sentido.

Ella bromea sobre sí misma como una señora pesada que siente que tiene el síndrome de Casandra, aunque ahora empiezan a creerla. Añade que no quiere evangelizar pero está harta del “yo no tengo nada que ocultar” que ha hecho tanto daño por la dejadez que supone frente a que nos espíen. Y explica que los GAFA tienen una especie de gemelo digital nuestro que vive en la nube y es un reflejo fiel de nuestras virtudes y, sobre todo, de nuestras debilidades.

“La tecnología recoge muy bien toda nuestra basurilla digital”, afirma la experta, pero es adictiva y nos enganchamos a algo que nos proporciona placer como los “me gusta” o que refuerza nuestra manera de pensar como la burbuja de filtros que explica Eli Pariser. El sistema aumenta nuestro sesgo cognitivo. Nos analizan y van a nuestra amígdala, advierte Llaneza.

“Un mes fuera de Facebook aumenta el bienestar general, reduce la ansiedad, la depresión y el tiempo dedicado posteriormente a esta red social, según una investigación de las universidades de Nueva York y de Stanford”, recogía recientemente El País Retina. También vemos que hay cada vez más arrepentidos de estas empresas que nos controlan y confiesan que nos tratan como al perro de Pavlov y lo aprovechan para vendernos productos pero también ideas políticas. El peligro es que nos despojan de la condición de ciudadanos para convertirnos en consumidores. El Brexit o la elección de Trump han mostrado cómo movilizan a los votantes pero al menos ha servido para poner el foco en el funcionamiento de esta maquinaria. Paloma considera esperanzador que esta cuestión, al menos, esté sobre la mesa.

Urge actuar, eso sí, porque el sistema de vigilancia es mucho más intrusivo de lo que parece, hemos perdido el control. Ella se plantea si estamos cerca de un ciudadano al que se pone nota en función de los datos que manejan de él y esto condiciona su vida. El modelo chino, como estado orweliano, va en este sentido. Han conseguido resolver de manera más natural, eficiente y barata la labor que hacían los antiguos delegados del régimen al establecer un rating del buen ciudadano y el que tiene menos de 3,5 sobre 5 se convierte en un perdedor con un impacto tremendo, incluso en sus posibilidades de relacionarse con los demás, que lo rechazan para que no les baje la nota a ellos, o usar trenes de alta velocidad.

Pero no hace falta irnos a China. ¿Qué es más peligroso: tener una aspiradora inteligente que hace un mapa de nuestra casa “para poder limpiar” o dejarse la puerta del coche abierta? ¿Podemos fiarnos de las bombillas conectadas? ¿Y si el wearable que mide nuestras constantes vitales determina que dormimos poco y eso nos convierte en profesionales poco recomendables para solicitar nuestros servicios? Recordemos lo que pasó con las pulseras Fitbit que el Pentágono prohibió porque a través de ellas estaban identificando bases secretas… Los asistentes virtuales pueden analizar nuestro estado de ánimo y actuar sobre nuestros sentimientos. Hay ciudades, como Londres, con calles plagadas de cámaras y el móvil nos espía desde nuestro propio bolsillo…

Estamos ante un problema de “dataísmo”, del valor del dato por encima de todo. Y la realidad es que es complicado alcanzar un equilibrio entre protegerse y disfrutar de las ventajas que las TIC ofrecen.

Por otro lado, el gran debate entre privacidad y seguridad -explica Paloma Llaneza- es falso y da la razón a Benjamin Franklin que dijo que el que esté dispuesto a ceder un poco de la primera en aras de la segunda no merece ninguna de las dos. El ser humano y sus derechos van evolucionando junto a sus necesidades y en este momento la privacidad es una prioridad.

“He leído y acepto…” es la mayor mentira de Internet. La conformidad con la política de privacidad y términos de uso se ha banalizado. Resulta materialmente imposible en la era de la inmediatez sacar tiempo para leer esos textos tan complejos, redactados en lenguaje críptico. Como construcción legal es irreprochable pero desde el punto de vista práctico no funciona. Dice la abogada que aceptamos con ligereza porque consideramos que no tiene importancia pero la tiene y mucha. Por eso considera una obligación simplificarlo mediante iconografía incluso, para que la gente entienda lo que firma. Es un reto en este momento aligerar y aclarar estos términos legales y, en este sentido, Paloma Llaneza se ha embarcado en un proyecto con Telefónica.

La autora del libro también explicó que regular la propiedad de los datos es complicado. El habeas data se refiere al control del dato, no a la propiedad sobre el mismo pero además ¿qué pasa con los que el titular no proporciona, con los que se extraen de su comportamiento o se infieren que -¡ojo!- resultan además aún más reveladores para saber cómo somos? Paloma no cree en el derecho a la monetización de los datos, cuyo valor sería complicadísimo determinar. No valen lo mismo datos sueltos que en combinación con otros, según lo usados que estén, ni en Nigeria que en Estados Unidos, por poner tres ejemplos. Frente a la monetización, ella está a favor del dividendo digital: de que las empresas que los usan devuelvan ese beneficio a la sociedad y a sus propietarios. Por otro lado, el derecho a la intimidad es irrenunciable y monetizarlos va en contra. Somos dueños de nuestra dignidad y del impacto del uso de los datos sobre ella.

Resulta inquietante que haya un uso sesgado de los datos para determinar nuestro futuro y, en este contexto, la inteligencia artificial mal entendida puede agravarlo todo. Hay algoritmos tóxicos y hay que abogar por su transparencia, defiende la abogada. No pueden ser una caja negra que evolucione a su aire, tenemos que tener la capacidad de poder explicar por qué toma una decisión en un sentido o en otro y reconducirlos en caso necesario, que la tecnología sea neutra.

El problema de la inteligencia artificial está en el interfaz humano. De ahí la importancia de compromisos como el de Telefónica para usar la inteligencia artificial con integridad y transparencia. La compañía es pionera en este sentido desde el área de negocio responsable, con unos principios que recogen que dicha inteligencia ha de ser justa, transparente y explicable, con las personas como prioridad, con privacidad y seguridad desde el diseño, con el compromiso con socios y terceras partes.

Telefónica ha elaborado, además, un “Manifiesto por un nuevo pacto digital” que defiende una digitalización centrada en las personas.

Una gran responsabilidad como la gestión de los datos requiere un comportamiento ético a la hora de manejarlos y esto va a marcar la diferencia entre unas compañías y otras, aseguró Paloma Llaneza. La seguridad de la red y el respeto a la privacidad será cada vez más un factor decisivo a la hora de optar por una de ellas.

En este momento es cierto que el uso de nuestros datos están sujetos al RGPD y esto es una garantía de Europa frente al otro lado del Atlántico donde estos derechos se vulneran más fácilmente con la excusa de la innovación, pero no es la solución a todos los problemas, debemos exigir transparencia en su uso y una mayor concienciación para ponérselo más difícil a las compañías que lo están haciendo mal, apuntó Paloma.

“Me encanta la tecnología y me gustaría que todos estos aspectos estuvieran en la agenda política no como la mera necesidad de un reglamento sino como la cuestión importante que es”, afimó la abogada, que también considera que estamos más cerca de un punto de inflexión de la mano de la Generación Z. Cree que el impacto sobre sus datos de un uso intensivo de la tecnología llevará a replantearnos esta situación. Habla de toda una generación sin privacidad, con una huella digital desde el feto, con ecografías compartidas en Whastapp y trazabilidad sobre toda su vida. Ellos serán los que reivindiquen el derecho a la reinvención, a que no se pueda usar un error que alguna vez se cometió para siempre y fuera de contexto.

De las dos charlas que tuve ocasión de escuchar con motivo de la presentación de «Datanomics» me quedo con que es momento de exigir un nuevo data deal entre ciudadanos, empresas y administraciones públicas para saber cómo van a tratar nuestros datos y poder decidir si queremos que lo hagan o no. Como afirmó Paloma Llanezas en Espacio Fundación Telefónica, la tecnología no es un tsunami de la naturaleza. La hemos hecho nosotros y la podemos construir de otra manera si queremos. Pero tenemos que querer.

Imagen: DenisenFamily

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *