Diez consejos para la transformación de alumnos en estudiantes

Carmen Menchero de los Ríos    8 enero, 2021
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Muchos artículos y trabajos académicos llaman la atención sobre la urgencia de transformar escuelas y universidades para que respondan a la nueva realidad que plantea el siglo XXI. Es un tema que ha experimentado un redoble de tambores con la irrupción de la pandemia en nuestras vidas. Se habla con frecuencia de la renovación de los métodos pedagógicos y de la necesidad de un nuevo perfil de profesor, pero pocas veces nos referimos a la transformación de alumnos en estudiantes como sujetos proactivos en ese proceso de aprendizaje.

El nuevo perfil de alumno exige un cambio de actitud

Por muy interactivo que sea el modelo docente, no terminamos de reconocer el protagonismo del alumno ni el cambio que también debe producirse en él. Nos conformamos con esperar su entusiasmo ante unos métodos innovadores, sin hacer hincapié en la importancia de transformar su actitud. Y es que las relaciones son cosa de dos, no basta con que solo una de las partes ponga toda la carne en el asador. El éxito no está asegurado si el nuevo rol del profesor no tiene como correlato un nuevo perfil de alumno: el estudiante.

Un nuevo modelo de universidad

Esto es especialmente importante en el ámbito universitario donde, con frecuencia (y mucha razón), los estudiantes se quejan de la ineficacia de un sistema que les atiborra de conocimientos obsoletos e incompletos para afrontar con éxito su incorporación al mercado laboral.

Eso por no hablar de la eterna rivalidad entre disciplinas técnicas y humanísticas, científicas o aplicadas, que inyecta una dosis adicional de desánimo para los estudiantes de las titulaciones menos cool en los rankings publicados por la prensa. En realidad se trata de un debate estéril. Instituciones emblemáticas en el advenimiento de la revolución industrial 4.0, como es el caso del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) no dudan en aunar el esfuerzo de especialistas en distintos ámbitos para elaborar sus certeros dictámenes, sin ningún escrúpulo a la hora de sentar en la misma mesa a expertos en arte e ingeniería, humanidades o ciencias.

Estudiantes protagonistas de su propio proceso de formación

No voy a insistir en el mantra de que la mayoría de las profesiones que hoy conocemos no existirán cuando los alumnos de primaria sean adultos. Pero sí en la necesidad de abordar cuanto antes esos cambios de los que tanto hablamos. Como bien decía Gabriela Mistral, primera mujer latinoamericana en recibir un premio Nobel, “el futuro de los niños es siempre hoy. Mañana será tarde”.

Sin embargo, en esa tarea es imprescindible no solo apelar a la necesidad de adecuar planes de estudio, metodologías pedagógicas y vocaciones docentes. También hay que hacer un llamamiento a la responsabilidad de los estudiantes, especialmente de grados superiores, para protagonizar su propio proceso de formación. Debe producirse esa transformación de alumnos en estudiantes. Es cierto que hoy por hoy nuestras instituciones educativas están pensadas para un mundo que ya no existe, pero también que la mera asistencia a clase y el consumo reactivo de materiales en un campus virtual no es suficiente.

Aprendizaje continuo

A favor de las nuevas generaciones juegan algunas cartas. Están familiarizados con una cultura colaborativa, el manejo de las redes sociales y el acceso a la información a golpe de clic.

Sin embargo, rema en su contra la excesiva permeabilidad con que acogen cualquier discurso, sin contrastar fuentes y, sobre todo, la exigencia de que el aprendizaje sea un proceso ameno. Olvidan que por muy estimulantes que sean las técnicas de aprendizaje sirven de poco sin una buena dosis de autodisciplina y esfuerzo personal, que debe aportar el propio estudiante.

Esto no es baladí porque en su vida de adultos se verán obligados a compaginar trabajo y familia con una dinámica de estudio permanente a través de canales formales e informales. Resulta implanteable para quien no haya interiorizado desde niño el hábito de la constancia y una cierta dosis de sacrificio.

De alumno pasivo a estudiante proactivo

La revista TELOS, bajo el lema “Yo, alumno”, reflexiona sobre este tema y aporta distintas experiencias innovadoras en el ámbito docente y discente. Ofrece algunas claves para que el alumno tradicional, sujeto pasivo del aprendizaje, se transforme en estudiante protagonista activo de su formación. Un aprendizaje, que como señalaba, no finaliza cuando concluye sus estudios reglados, sino que debe continuar en la etapa profesional .

Un decálogo de recomendaciones para los estudiantes del siglo XXI

Comparto con vosotros mis conclusiones personales en forma de decálogo para los estudiantes del siglo XXI:

  • Confianza. Cada persona tiene su ritmo y debe trazar su propia hoja de ruta, basada en la confluencia de intereses y habilidades. Oídos sordos a quienes duden de la capacidad para superar dificultades que todos tenemos, de una u otra forma.
  • Humildad. Carencias y errores solo marcan el recorrido de mejora, pero es básico detectarlas. La autoevaluación continua es la fórmula más eficaz para identificar dónde debemos centrar el esfuerzo.
  • Curiosidad. Es el único camino hacia el conocimiento. Dudar es de sabios, como refleja el célebre “Solo sé que no se nada” de Sócrates. No hay que tener miedo a preguntar ni pereza para investigar.
  • Pensamiento crítico. No existen las verdades absolutas, ni todas las fuentes son fiables. Una elocuente clase magistral o un texto brillante caen en vacío sin la reflexión personal del oyente o lector.
  • Espíritu colaborativo. No corren buenos tiempos para los lobos solitarios. La suma de esfuerzos siempre es una apuesta ganadora.
  • Autonomía. El conocimiento es un proceso personal que solo en parte depende de agentes externos. Pasar de mero alumno a estudiante activo requiere una buena dosis de responsabilidad personal.
  • Creatividad. Es un fondo de armario para cualquier disciplina y la mejor técnica en la resolución de problemas. Cuanto mayor sea nuestro bagaje de conocimiento y experiencia, más creativos seremos.  
  • Ambición. El aprendizaje no tiene límites ni debe circunscribirse a una sola disciplina. El miedo es una rémora para ampliar fronteras más allá de nuestra zona de confort.
  • Perseverancia. El camino no siempre es fácil pero la receta del éxito pasa por el entrenamiento y la autodisciplina.
  • Diversión. Ninguna de las cualidades requeridas logra su objetivo si no conseguimos disfrutar con lo que hacemos. Lograr divertirnos con el reto de aprender y rectificar errores es un hábito muy saludable.

Capacitados para la adaptación a un mundo cambiante

La transformación de alumnos en estudiantes es, en realidad, el objetivo que persiguen todas las metodologías pedagógicas que se han intentado implantar desde los tiempos de la Institución Libre de Enseñanza, allá por el siglo XIX.

En los tiempos que corren somos conscientes de que estamos asistiendo a un cambio de época marcada por el signo de una cuarta revolución industrial en la que el avance de la robotización y la extensión del teletrabajo solo son la punta del iceberg.

El Foro Económico Mundial augura que en 2025 casi la mitad del trabajo estará automatizado y, de forma inminente, esta segunda ola de la pandemia obligará a incrementar la tasa de teletrabajadores hasta un 50 por ciento, lo que afectará a sectores a priori impensables como la logística o la construcción.

Es un hecho que la  vida que les espera como adultos a los jóvenes de hoy será muy distinta a la de sus padres. Por eso urge animar a nuestros estudiantes a afrontar el futuro desde la confianza en su propia capacidad para adaptarse a un mundo cambiante. Hay mucho por hacer y todo por aprender.

Imagen: Brandfactory Telefónica

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