Tecnología para mejorar la vida de las personas

Virginia Cabrera  6 mayo, 2019
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Desde los rudimentarios bifaces de sílex en la prehistoria al primer ordenador ya en pleno siglo XX, el ser humano no ha dejado de mejorar las herramientas que le facilitan la vida. La tecnología, que ha permitido a las personas volar como pájaros o descender a las profundidades submarinas emulando a los extraños peces abisales, ya ha superado nuestras capacidades en ocasiones anteriores y, sin duda, volverá a hacerlo. La tecnología para mejorar la vida de las personas es una constante.

Pero todo avance es percibido al mismo tiempo como maravilloso y monstruoso. Los tecnófobos claman desde que el hombre es hombre para alertar sobre los últimos progresos. Como escribió un compañero, “A principios del siglo XIX se pensó que viajar a más de 32 km por hora podía causar la muerte. Hoy la alta velocidad es el maná que llega a las ciudades para conectarlas con el mundo”. Ahora nos alertan contra los perniciosos efectos de las redes sociales o de la inteligencia artificial.

Pero en la actualidad el mundo es mejor. Gracias a la tecnología, una hectárea de terreno cultivado alimenta a cuatro personas, el doble que en 1950 y, además, lo hace con menos impacto medioambiental, al incorporar los tratamientos fitosanitarios en la semilla. Ya es posible también modificar el ADN para eliminar los genes portadores de enfermedades o imprimir prótesis que sustituyan a miembros amputados. Manos biónicas controladas por señales cerebrales permiten a las personas sin dedos recoger y manejar objetos delicados e Internet supone el acceso a la educación para millones de personas… Jill Watson, una chatbot de IBM que atendía las dudas de los estudiantes en el Georgia Institute of Technology, lo hacía tan bien que fue propuesta a profesora ayudante del año.

Las herramientas son solo eso

Nos adentramos en lo que Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial, llamó la cuarta revolución industrial, una etapa marcada por avances tecnológicos en todos los campos. La evolución de las capacidades de las redes de comunicación nos permitirá ver circular coches conectados o realizar operaciones de cirugía compleja a distancia. Asistiremos al boom de la realidad extendida (virtual, aumentada y mixta), que trastocará el interfaz hombre máquina que conocemos hoy. La potencia combinada de big data e  inteligencia artificial es tan brutal que cuesta imaginar cómo será el mundo dentro de diez años.

Apuesto a que seguirá siendo mejor, pues cualquier herramienta es potencialmente neutra aun cuando no lo sean tanto los impactos que tiene sobre nuestra vida y sobre la sociedad. Por ello, a las puertas de una era en la que algoritmos, bots, androides y otras formas de inteligencia artificial cada vez más sofisticadas van a seguir ganando peso, resulta de vital importancia ponderar las consecuencias jurídicas y éticas, sin obstaculizar con ello la innovación.

Animo a asumir el futuro con optimismo y a desempeñar con entusiasmo el papel que nos queda como humanos: el de pensar. Empezando por racionalizar nuestro miedo a ser reemplazados por robots o al error de deshumanizar nuestras relaciones por el mero hecho de haberlas digitalizado.

Las máquinas son unos asistentes sin igual. Pueden (y lo hacen mucho mejor que nosotros) buscar información, recopilar datos, contrastarlos y analizarlos. Pero no corresponde a nosotros hacernos las preguntas oportunas, sembrar las dudas que nos impulsen a avanzar creando algo valioso para la sociedad.

  • Como personas tenemos que ampliar nuestras perspectivas. Para entender este mundo volátil, incierto, complejo y ambiguo ninguna ayuda sobra, así que debemos acostumbrarnos a dejar en manos de los algoritmos todo lo que ellos puedan resolver y potenciar aquellas habilidades que las máquinas no tienen ni pueden alcanzar. Todos tenemos que aprender a relacionarnos con ellas y, para ello, mejorar nuestros conocimientos técnicos para aprovechar su potencial, al tiempo que nos esforzamos por desarrollar todas esas habilidades específicamente humanas como el pensamiento crítico, la flexibilidad, la creatividad, la colaboración y la empatía. Joseph E. Aoun, autor de “Robot-Proof: Higher education in the age of artificial intelligence”, propone una educación basada en las disciplinas “Humanics”, una mezcla de humanidades y tecnología, que combina tres formas de alfabetización: la data literacy, que nos capacitará para aprovechar ingentes cantidades de datos, la technological literacy, para conocer mejor a las máquinas y la human literacy para fomentar lo mejor de nuestra naturaleza humana. Otros autores nos invitan a eliminar silos de conocimiento en busca de un curriculum más globalizado, que fomente unas competencias culturales, artísticas y relacionales que ayuden a explorar y establecer relaciones con diferentes materias y personas y así estimule la creatividad más profunda.
  • Es necesario promover el debate y hasta cierto punto incluso cierta “indignación” respecto a las corrientes de pensamiento establecidas, al más puro estilo Harvard. Sin una comprensión amplia y crítica de cualquier aspecto que nos permita entender el presente no encontraremos vías para construir un futuro mejor. Nuestro objetivo (y también nuestra gran oportunidad frente a las máquinas), como recordaba hace 200 años, John Stuart Mill al asumir el cargo de rector de la Universidad de Saint Andrew, “no es hacer que las personas aprendan a repetir como verdadero lo que se les enseña, sino formar personas con capacidad de pensar por sí mismas”. Recuperemos el ejemplo de esos gigantes de generaciones anteriores cuyo saber abarcaba y cuestionaba diversos campos de la ciencia, del arte o de las humanidades. Aristóteles, Da Vinci, Galileo o Keynes eran a la vez matemáticos, historiadores, estadistas y filósofos, investigadores… Y, todos ellos, grandes críticos de lo establecido.
  • La ética debe ser protagonista. Lejos de buscar el prohibir o aceptar indiscriminadamente, debemos ayudar al discernimiento, en cada contexto, entre lo “correcto” y lo “equivocado”, lo “bueno” y lo “malo”. La ética es, por tanto, tan esencial hoy como la creatividad, el conocimiento profesional o las habilidades. En esta línea están por ejemplo los principios éticos de inteligencia artificial de Telefónica. No solo debemos replantearnos cuál y cómo debe ser el uso responsable de las capacidades que la tecnología pone a nuestro alcance, sino cómo debemos tratar e interactuar los seres humanos con ellas y cómo lo hacemos con el ecosistema. Y el camino es tomar las decisiones con un propósito: contrarrestar cualquier efecto negativo que la innovación pueda originar, sin renunciar a la multiplicidad de sus ventajas. No podemos olvidar que la inteligencia artificial se basa en esquemas de decisión que programan las personas. Son quienes diseñan y entrenan los algoritmos quienes en realidad deciden. Así que tanto en el desarrollo de altavoces inteligentes como en los automóviles autónomos se debe reflexionar sobre las implicaciones éticas como aspecto clave. De la misma manera, quienes trabajamos en plataformas digitales, debemos enarbolar unos valores que aseguren la transparencia de nuestra actuación y el respeto a la privacidad de nuestros usuarios.

En definitiva, la tecnología siempre nos ha dado la vuelta, así que no debemos asustarnos por ello. Tenemos otras armas. Así, cuando una explosión de los tanques de oxígeno del Apolo 13 obligó a la tripulación a abortar la misión original de llegar a la luna y orbitar alrededor de ella, fue el ingenio de los astronautas, que improvisaron un paracaídas para su módulo lunar, lo que logró que regresaran sanos y salvos a la tierra.

Y, como de todas formas, no es posible revertir el inevitable proceso de aceleración tecnológica que vivimos, no malgastemos tiempo y fuerzas en decidir si nos subiremos o no al carro de la tecnología. Empleemos toda nuestra energía en servirnos de ella, ideando usos y aplicaciones que nos ayuden (a todos) a avanzar.

Quitemos, con todo respeto, la razón al gran Miguel Delibes cuando afirma que “la máquina ha venido a calentar el estómago del hombre, pero ha enfriado su corazón”.

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