Uno más uno, mucho más que dos: la experiencia de Red de Cátedras Telefónica

Carmen Menchero de los Ríos    21 noviembre, 2019
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Decía Alvin Toffler que “los analfabetos del siglo XXI no serán los que no sepan leer ni escribir, sino aquéllos que no puedan aprender, desaprender y reaprender. Una afirmación que traslada a nuestro día a día lo que Darwin ya demostrara con su teoría de la evolución, al insistir en que la clave de la supervivencia de una especie no es otra que su capacidad de adaptación. Las empresas ya están tomando buena nota de esta máxima en un mercado que se transforma a marchas forzadas. La última Jornada Red de Cátedras Telefónica fue muy inspiradora en este sentido.

Y es que el cambio forma parte de la vida y nos acompaña desde el momento en que nacemos. Nada permanece inmutable y en los tiempos que corren aún menos. Incluso tenemos la percepción de que todo se transforma a mayor velocidad que en el pasado. Pero no todo es tan nuevo como creemos y las segundas oportunidades a veces existen.

Hace ya dos siglos la primera revolución industrial apuntaló el nacimiento de una nueva época. Entonces España no tuvo más remedio que ver pasar el tren del progreso desde el furgón de cola por imposición de las circunstancias. Ahora, de la mano de la inteligencia artificial, la cuarta revolución industrial nos pilla con los deberes hechos, con la ventaja que proporciona la conectividad de la mejor red de fibra europea. Como indicó Emilio Gayo, presidente de Telefónica España, en la inauguración de la última Jornada de la Red de Cátedras Telefónica, es como si en aquella ocasión “la revolución industrial nos hubiera encontrado con el tendido ferroviario ya construido y los vagones colocados sobre las vías”.

Nuevos conocimientos y metodologías de aprendizaje

El desafío ahora es que la locomotora eche a andar, que lo haga a buen ritmo y, sobre todo, por el camino correcto. Para ello, hoy como entonces, la clave es la educación. La senda comienza en la enseñanza primaria y secundaria, pero culmina en la Universidad. Esta institución, con ochocientos años de antigüedad, tiene la responsabilidad de formar a las élites profesionales que deberán cubrir en 2030 un 80 por ciento de puestos de trabajo que aún no existen. Con el agravante, además, de que la mitad de los perfiles que hoy conocemos muy probablemente para entonces ya se habrán automatizado.

Habilidades blandas transversales

Por ello es imprescindible no solo abordar una renovación de los planes de estudio sino, sobre todo, de las metodologías de aprendizaje. El problema no son las clases magistrales, ni los conocimientos académicos que, sin duda, el estudiante debe adquirir. La cuestión ahora es que con esto no basta. La especialización es imprescindible, pero más aún el desarrollo de otro tipo de capacidades, lo que se conoce como soft skills o “habilidades blandas”. Deberá cultivarlas cualquier profesional con independencia de su perfil: comunicación, creatividad, empatía o asertividad son cualidades que difícilmente una máquina podrá nunca emular.

Ya decía Aristóteles que “la habilidad de exponer una idea es tan importante como la idea en si misma”. Muchos siglos después Marie Curie añadió que “nada en este mundo debe ser temido, solo entendido”. El ecosistema productivo en el que tendrán que desenvolverse los jóvenes que hoy estudian en las universidades será multidisciplinar. Y, además, les exigirá un bagaje de habilidades para poder capturar las oportunidades del mercado laboral y desarrollar su profesión en un entorno que no solo va a medir sus conocimientos. Para ello resulta vital la experiencia adquirida durante su etapa de formación universitaria y las capacidades desarrolladas al compás de su aprendizaje académico.

El mundo académico y la experiencia empresarial

En este sentido, la Red de Cátedras Telefónica, asentada en 23 universidades españolas públicas y privadas, representa una apuesta ganadora a favor de la imbricación entre el mundo académico y la experiencia empresarial. Sus resultados demuestran, como afirmó Nicolás Oriol, secretario general y director de Regulación de Telefónica España, en la clausura del evento, que “uno más uno suma mucho más que dos”. O, como dijo en su día Henry Ford, uno de los mayores visionarios de la era industrial, “trabajar unidos es el éxito”. Esta fórmula no es solo un caladero para la innovación y el desarrollo de proyectos de interés social, sino la oportunidad de conceder todo el protagonismo al alumno en la hoja de ruta de su propia formación. Por ello es importante articular desde la propia universidad mecanismos que permitan potenciar el desarrollo de actividades con proyección exterior, orientadas a resolver problemas concretos de los ciudadanos. Y es que el movimiento se demuestra andando.

Perfiles renacentistas, sin fronteras entre ciencias y letras

Por otro lado, como se indicó insistentemente durante la jornada, “no es la era de la tecnología, sino del humanismo”, no ya para construir la senda, sino para marcar la ruta. Esto aplica a todo tipo de perfiles, más allá de la rancia frontera entre “ciencias” y “letras”. Es el tiempo de reformular en clave digital la polivalencia de aquellos sabios del Renacimiento, inventores del “humanismo” con mayúsculas, que el refranero popular resume en aquel viejo dicho de “el saber no ocupa lugar”. Y es que habilidades como la creatividad se realimentan con experiencias y conocimientos cuanto más versátiles mejor.

También debemos afrontar riesgos como el que planteó durante la jornada, Carmen Iglesias, al exponer el problema de esos fabulosos bancos de información con millones de datos que no sabemos demasiado bien cómo gestionar, ni mucho menos explotar.

Establecer límites y superar horizontes

Por ello, dentro del elenco de invitados de lujo que intervinieron en la jornada Red de Cátedras Telefónica, la directora de la Real Academia de la Historia insistió en las lecciones que podemos aprender del pasado para comprender el presente. Universidades y empresas deben caminar de la mano para formar a esos nuevos humanistas del siglo XXI, capaces de “pactar con la realidad” para establecer límites y superar horizontes. 

Y, para ello, Carmen Iglesias, recomendó un par de lecturas que sintetizan el talante de esa nueva educación que debe fomentar la Universidad entre quienes hoy se forman en sus aulas. Por un lado, un clásico “Los tónicos de la voluntad: reglas y consejos sobre la investigación científica” de Ramón y Cajal,, obra de cabecera de personajes de la talla de Ortega y Gasset o Juan Negrín.  Como complemento, “La utilidad de lo inútil”, de Nuccio Ordine, un manifiesto a favor de esos saberes sin los que podemos extraviarnos en la tarea de “hacer más humana la humanidad”.

Porque el combustible de nuestro tiempo es el conocimiento y éste es particularmente fértil cuando se abona con teoría y práctica, mirando al pasado para rescatar lecciones aprendidas que alumbren nuevas soluciones. Si somos capaces de inspirar a los jóvenes para cultivar un saber promiscuo, tal vez en esta ocasión logremos no perder el tren del progreso.

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