Plataforma Leemos: el libro, en la frecuencia de onda de los adolescentes

Carmen Menchero de los Ríos    30 abril, 2019

Decía Joseph Addison que «leer es para la mente lo que el ejercicio físico para el cuerpo». Lo afirmaba cuando comenzaban a soplar los vientos de la Ilustración, que elevó la razón a la categoría de culto. Sin embargo, si trasladamos su frase al contexto actual, es posible que defraudáramos las expectativas del célebre autor inglés En la era del conocimiento leemos constantemente, mucho más que ninguna otra generación, pero de forma tan apresurada que terminamos naufragando más que navegando por océanos de información que apenas digerimos. Y es que, como en cualquier deporte, el ejercicio de la lectura necesita desarrollarse en unas condiciones óptimas si queremos obtener el mejor rendimiento.

Por otra parte, cada época cuenta con su propio código de comunicación. Hace unos años los manuales eran el recurso habitual para adquirir de forma rápida una nueva habilidad. Ahora es frecuente acudir en busca de esta ayuda a YouTube. En el terreno del ocio la lectura continúa siendo uno de los pasatiempos favoritos para la mayoría, pero dedicamos el escaso tiempo del que disponemos más al consumo de material audiovisual que a la pausada lectura de un buen libro.

Sin embargo, aunque parezca que nuestra ajetreada vida favorece lo contrario a esa ceremonia íntima que es la lectura tradicional, conforme avanza la sociedad digital el ecosistema del libro se adapta y se está transformando. Y lo más llamativo es que lo está haciendo al margen de los circuitos oficiales, impulsado por los más jóvenes, de la mano del rutilante universo booktuber.

De hecho, el libro encuentra en la cultura 2.0 un nuevo canal de difusión que, en contra de lo que podría pensarse, ofrece bastantes más oportunidades que amenazas. Lo cierto es que no es la primera vez que compite con otros contenidos que amagan con desplazarlo. En el siglo XIX, con el auge de la prensa, debutó otra forma de contar historias y un nuevo público lector. En el siglo XX telenovelas, series y documentales desembarcaron en los hogares para disfrute de la recién alumbrada figura del radioyente o el telespectador, precedentes del moderno internauta. En uno y otro momento el libro no solo no desapareció, sino que las ventas fueron progresivamente en aumento y aparecieron nuevos géneros y formatos, como el célebre libro de bolsillo o la literatura de quiosco.

Además, es precisamente el libro el contenido cuya versión física resiste con más encono la digitalización y no solo entre el público adulto, sino también entre los más jóvenes. Si no me creéis, pensad en la iconografía booktuber, respaldada por una nutrida librería de fondo y alarde de exhibicionismo bibliófilo, como las disertaciones sobre el último alijo de obras en posesión del crítico, que ha dado lugar al nacimiento de toda una jerga asociada a este fenómeno.

Y, por último, puestos a desmontar tópicos, no es cierto que los nativos digitales ya no lean. Según el último Barómetro de hábitos de lectura y compra de libros, la población adulta más lectora se encuentra precisamente en el rango de edad que va desde los 14 a  los 24 años, periodo en el que es cierto que se producen algunas deserciones pero que luego se recuperan en la etapa que comienza a los 35 años. En algunos establecimientos incluso se pueden encontrar secciones específicas con la etiqueta “Young Adult” (YA), por más que las editoriales se resistan a atender la demanda específica del público millennial.

Tema distinto es la calidad de unos textos cuya popularidad se fragua, en el caso de los adolescentes, al margen de la escuela o los padres. Además, el fenómeno “book-fandom” no se relaciona necesariamente con una mejor comprensión lectora, lo cual es un elemento esencial para desarrollar, como decía Addison, la musculatura de nuestra mente.

Lo cierto es que los expertos sitúan la edad de 14 años como el punto de inflexión para consolidar o abandonar la trayectoria lectora de un joven porque en ese momento se es especialmente sensible a los cantos de sirena de las redes sociales. Y en línea con eso de que la mejor defensa es un buen ataque o “si no puedes con tu enemigo, únete a él”, nacen iniciativas como la Plataforma Leemos, que busca conectar con los adolescentes utilizando su misma frecuencia de onda para potenciar una dimensión social de la lectura que enganche con su necesidad de publicar y compartir todas sus pasiones y actividades, en una época de la vida muy proclive a intensas filias y fobias.

El programa viene auspiciado por dos entidades que buscan aunar el afán por fomentar la lectura, como es el caso de la Fundación José Manuel Lara, con la vocación digital de Fundación Telefónica. Pero Leemos no solo ofrece una biblioteca digital gratuita, sino todo un ecosistema colaborativo en el que los protagonistas son los alumnos, de 10 a 14 años, dentro del entorno escolar.

La participación en el proyecto requiere la inscripción del centro escolar en la plataforma a través de un sencillo formulario. Una vez que se ha dado de alta, los docentes pueden acceder para registrar a los alumnos y realizar su seguimiento. Los recursos disponibles van más allá de una nutrida colección de obras; el equipo docente recibe asesoramiento sobre cómo obtener el mayor provecho del programa y puede participar en distintas propuestas de animación a la lectura, que abarcan desde la creación de clubes para primaria y secundaria a la formación de una cantera escolar de pequeños booktubers. La iniciativa, atenta a las reglas de juego en el entorno 2.0, rescata también el potencial de prescripción de los propios adolescentes a través de la figura del mentor, que promueve que sea un niño mayor quien apadrine a otro de cursos inferiores en sus lecturas.

La clave del programa consiste en implicar a los propios jóvenes en el descubrimiento de nuevos títulos y aunar ingredientes lúdicos y pedagógicos como la metodología de aprendizaje-servicio, hoy tan de moda en cualquier tramo educativo y distintos ámbitos de actuación. En dos años ya se han inscrito más de 37.000 alumnos que cursan sus estudios en los 1.500 centros que forman parte de la plataforma Leemos, con la colaboración de las consejerías de cultura de varias comunidades autónomas.

Iniciativas como ésta aspiran a mantener la pasión por la lectura en una generación que ya ha nacido en la era digital. Es posible lograrlo y así lo demuestran casos de éxito como el que representa la famosa autora juvenil Laura Gallego, que fue capaz de convertir durante catorce años su foro literario en un auténtico fenómeno mediático para muchos adolescentes. Y es que, como ella misma dijo cuando anunció en Twitter su cierre, “más allá de Internet, lo que verdaderamente nos une son los libros”.

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