Neuroaprendizaje: Solo es posible aprender aquello que se ama

Virginia Cabrera  16 junio, 2016

Hace unos días, en el marco de la Thinking Party de Fundación Telefónica, tuve el enorme placer de asistir a una de esas conferencias que te marcan. El profesor Francisco Mora Teruel, experto en neuroeducación, nos contó cómo la fisiología de nuestro cerebro explica muchas de las cosas que hacemos y, sobre todo, los resultados que obtenemos. Con este post quiero compartirlo con quienes no tuvieron la fortuna de acompañarnos.

Sostiene Francisco Mora que, como ya decía Kant, “el ser humano es lo que la educación hace de él”. Si seguimos teniendo el mismo cerebro de hace 10.000 años y, sin embargo, hoy somos muy diferentes es gracias a la educación y a lo aprendido durante todos estos años. Por ello, es básico entender cómo se produce el proceso de aprendizaje. Y es aquí donde la neurociencia, con sus descubrimientos sobre el funcionamiento del cerebro, nos trae novedades.

Tantas, que tal vez sea la neurociencia la gran palanca sobre la que apoyar la reforma educativa. Hoy conocemos mejor el cerebro y por eso podemos anclar más sólidamente lo que hasta ahora no eran más que apreciaciones y teorías. Llevamos tiempo escuchando que estamos en un cambio de era, en un periodo de transición. Nada extraordinario por otro lado, todas las culturas son mortales. Pero ¿qué es lo nuevo que va a acontecer?

Afirma Francisco Mora que estamos ante el nacimiento de la neurocultura, una cultura basada en el conocimiento del cerebro que aterriza en todos los campos del saber para dar lugar a la neurofilosofía, neuroética, neurosociología, neuroeconomía, neuroarquitectura y, por supuesto, a la neuroeducación.

Neuroeducación sería, por tanto, una nueva aproximación metodológica para docentes y alumnos que mezcla conocimientos de medicina y psicología, y que “rema” a favor de los mecanismos cerebrales para encontrar el mejor camino para el aprendizaje, mediante la identificación de aspectos clave para que éste suceda.

Ello nos llevaría a un necesario proceso de desaprendizaje, porque no solo se aprende de lo nuevo, sino de lo que somos capaces de deshacer respecto a lo establecido, de los errores que hemos cometido. He aquí algunas pautas que nos permitirían transformar la forma en la que educamos:

  • La palabra es el instrumento que nos permite transmitir conceptos. Las palabras sin emoción son vacías. Sin tono, se pierde el contenido, todo se olvida.
  • Cada aprendizaje cambia tu cerebro porque cada experiencia “recablea” tus sinapsis.
  • Los maestros necesitan entender cómo se produce la maduración cerebral para poder gestionar el aprendizaje. Forzar un aprendizaje cuando el cerebro del alumno aún no está preparado para ello, solo conlleva sufrimiento.
  • Para enseñar bien hay que probar a aprender. Y entender los tiempos de atención según el tema, la edad y el entrenamiento. Y la influencia de los ritmos circadianos.
  • Solo es posible aprender aquello que se ama. Lo que se aprende con dolor es un refuerzo negativo que querremos olvidar cuanto antes. Pero si se disfruta, buscaremos repetir porque el placer es lo que nos impulsa a ir más lejos, a querer más y más.

En definitiva, el profesor Mora nos demostró cómo la emoción es la energía que mueve cualquier aspecto de la conducta humana, aprendizaje incluido. Porque es el motor que nos empuja a hacer cosas, a reaccionar frente a algo que nos puede hacer daño o a buscar lo que nos hace sentirnos bien.

Y es que resulta que esta afirmación tiene base pues se ha demostrado que la emoción embebe el funcionamiento del cerebro. Es el sistema límbico quien codifica las emociones. Registramos los estímulos sensoriales en la corteza cerebral, una zona “estándar” sin contenido emocional. Y solo cuando esa información entra en nuestro sistema límbico es cuando le ponemos nuestro sello individual que la etiqueta, convirtiéndola en algo bueno o malo. Y, a partir de ahí, la emoción baña todo el cerebro y de modo particular todas las áreas de asociación que es donde se crean las ideas. Por eso somos todos diferentes, incluso si estamos sometidos a los mismos estímulos. Porque cada uno crea sus pensamientos de manera única e irrepetible. No hay pensamiento humano que no venga revestido de emoción.

¿Y cuáles serían esos “disparadores” de emoción que debemos trabajar?

  • El primero sería la curiosidad, un aspecto inherente a los mamíferos que nos hace despertar, que nos permite aprender. Cada maestro debe gestionarla para encontrar la diferencia, lo nuevo, lo que rompe el esquema como reclamo. Gracias a la neurociencia, hoy sabemos que la curiosidad tira de los mecanismos neuronales de la atención. Así que quien haga curioso lo que enseña jamás tendrá que pedir a un alumno que le preste atención.

Hay muchos tipos de curiosidad, la perceptual o diversificada que se engancha a lo “raro” y la ejecutiva, la que nos sirve para el estudio. Un informe reciente demuestra cómo una combinación de ambas activa un sistema cerebral que está relacionado con el placer mediado fundamentalmente por un neurotransistor que es la dopamina.

  • El segundo es la atención, que es lo que se requiere para aprender un conocimiento específico. Solo si atendemos en el tiempo y forma correctos conseguimos aprender. Pero resulta que solo atendemos, memorizamos y clasificamos lo escuchado si lo que nos cuentan nos emociona.

También hay tipos de atención: la atención base de mínimos, la atención fija que está pendiente del peligro, la orientativa que nos permite reconocer una cara amiga entre una multitud y la atención ejecutiva, que es la que se requiere para el estudio. Y aquí surge un tema de máxima actualidad porque parece que la “atención digital” no es compatible con la atención ejecutiva. Entonces, ¿cómo debemos gestionar el tiempo de los chavales y no tan chavales en Internet?

¿Y qué hay de los tiempos de atención y la influencia de los ritmos? Porque entenderlos y aprovechar los picos máximos atencionales es clave. El profesor Mora concluye que “no hay razón sin emoción”. Para comunicar hay que emocionar. Porque solo así estimulamos la curiosidad y la atención.  Y ésta es la base del verdadero pensamiento creativo. Esto es transcendente a la hora de transmitir valores y normas a través de la educación. Y de aprovechar el colegio para educar a la sociedad.

Como veis, poco o nada se puede añadir… Y para los que no queráis perderos ni un ápice de la emoción que el profesor Mora le puso a su intervención os dejo el enlace a la conferencia: https://www.youtube.com/watch?v=BzQYZzKdnqw

Imagen: Fundación Telefónica

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