¿Sustituirá el smartphone al fonendo? La digitalización de los hospitales

Virginia Cabrera    31 agosto, 2016

Pocos son los “aparatos” que un médico necesita para examinar a un paciente. En muchas ocasiones basta con un fonendo para escuchar los ruidos del cuerpo y sus manos para explorarlo. El primero ha cumplido ahora dos siglos, desde que en 1816 René Laënnec, que sentía vergüenza de acercar su oído a las pacientes, comenzó a valerse de su propio cuaderno enrollado.

Sin embargo, la inmensa mayoría de los doctores cuenta hoy con otra poderosa herramienta en sus manos: el smartphone o la tablet. En la actualidad son muchos los avances en desarrollo de apps y pequeños gadgets médicos que se acoplan al móvil para convertirlo en un preciso elemento de diagnóstico, aprovechando sus capacidades de comunicación, toma de imágenes y procesamiento.

Ya no es ciencia ficción detectar un cáncer o hacer una ecografía utilizando el smartphone. MobileODT es un endoscopio capaz de detectar un cáncer incipiente a partir de la toma de imágenes de las paredes del cuello uterino. HÜD es un dermatoscopio que señala lesiones sospechosas. Con D-Eye se puede diagnosticar retinopatía diabética o degeneración macular sin dilatar las pupilas. Scanadu se apoya en la frente para medir tensión, temperatura y oxígeno en sangre o hacer un electrocardiograma. MOBIUS SP1 es un dispositivo que se une al móvil para formar un ecógrafo de bolsillo capaz de examinar cualquier órgano interno. Y hay mucho más…

Para el sistema sanitario, las posibilidades de mejorar en eficiencia y sostenibilidad son tantas que digitalizar la sanidad no puede quedarse en introducir nuevo equipamiento, informatizar citas y pruebas o atender en remoto a pacientes crónicos. Es posible aspirar a una atención sanitaria inteligente que integre todos los aspectos de la atención, el ingreso del paciente en el hospital incluido.

Sin embargo, digitalizar un hospital es infinitamente más complejo que digitalizar una prueba o la gestión de una consulta. Para garantizar el éxito, hay que tener presente que la medicina juega con probabilidades y riesgos y que el “ojo clínico” es el que a menudo salva vidas.

Que el móvil o la tableta sustituyan al papel no basta. Diseñar aplicaciones informáticas exclusivamente orientadas a la gestión y al control del proceso sanitario es perder una enorme oportunidad para cambiar procesos heredados que no aportan demasiado a médicos ni a pacientes.

Digitalizar procesos obsoletos sólo convierte a médicos y a pacientes en “sufridores” de procesos obsoletos digitalizados, pero en ningún caso lleva a aprovechar las tecnologías y los nuevos canales de comunicación en favor de la calidad asistencial. Para que las TIC puedan aportar una ayuda real al médico, cualquier aplicación digital debería rediseñarse a partir de las capacidades que existen en este momento, dejando a un lado la tentación de emular “en digital” lo mismo que llevamos siglos haciendo.

Para el éxito es clave esforzarse en diseñar aplicaciones fluidas y naturales, que no exijan al sanitario un esfuerzo de gestión adicional. La “experiencia de cliente” siempre manda, pero se hace ley cuando conseguir que el nuevo dispositivo ayude y no distraiga puede marcar la diferencia entre un diagnóstico correcto o errado. Si el médico tiene que estar más pendiente de registrar los datos en su tablet que de los ojos del paciente, algo falla.

Y, para ello, el desarrollo de dispositivos y aplicaciones sanitarias debe contar con la implicación de los equipos médicos. No es posible hacerlo bien sin la existencia desde los primeros instantes de un equipo multidisciplinar que interrelacione a facultativos e informáticos para incorporar el punto de vista de los profesionales sanitarios sobre la utilidad de las TIC en las gestiones de los pacientes. Ambos deben hacer el esfuerzo: unos, de quitarse un rato la bata y otros, de asumir lo complejo de la casuística, para crear juntos un ecosistema digital que tenga en cuenta todos los procesos habituales en un hospital: ingresos, aislamientos, traslados, cambios de unidad, altas, reingresos, partes interconsulta, seguimientos al alta…

Aunque hoy parezca impensable, no sería descabellado imaginar empresas dedicadas a la provisión de servicios sanitarios que, además de hospitales y clínicas, cuenten entre sus principales activos con servidores o sistemas operativos, y en cuyas plantillas tengan tanta importancia los expertos en usabilidad o en big data como los médicos o enfermeros.

Asimismo, la implantación debería gestionarse con especial atención. Los médicos y enfermeros son profesionales que conviven con el estudio y el reciclado constante. Están acostumbrados a cambiar constantemente su modo de hacer las cosas así que sabrán hacerlo seguro, pero no por ello debe dejar de entenderse este tipo de iniciativas como un proceso abierto y vivo. Es preciso que el soporte al profesional sanitario durante la implantación sea in situ, con un sistema ágil de reporte de incidencias y mejoras, y con unos canales fluidos de comunicación entre el equipo médico y los responsables técnicos de las aplicaciones.

Por tanto, sería fundamental acompañar la puesta en producción de un potente proyecto de mantenimiento sostenido en el tiempo con capacidad para corregir errores y para incorporar todas las situaciones que seguro se han escapado en la definición, asumiendo que lo difícil realmente empieza tras la puesta en producción.

Y, como cualquier proceso de transformación digital, debe ir acompañado de un proyecto paralelo de formación y de gestión del cambio. Los profesionales médicos que trabajan en el hospital ya ven su día a día sometido a un gran estrés. La curva de aprendizaje, la usabilidad de la aplicación y la integración con el resto de la gestión del enfermo son pilares básicos. Porque no es igual implantar una aplicación ofimática en una empresa que un sistema de atención sanitaria digital en la planta o las urgencias de un hospital. La máxima de “se trata de adaptar la tecnología al día a día, y no al revés” cobra especial importancia en un sistema suficientemente tensionado por su idiosincrasia de desenvolverse en muchas ocasiones en el límite entre la vida y la muerte.

Imagen: Andy Miah

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