IoT: la rebelión de los electrodomésticos inteligentes

Lorena De la Flor    19 febrero, 2016

Mi báscula me ha llamado gorda. Vale, puede que no con esas palabras. Solo ha hecho un comentario sarcástico sobre mi alarmante incremento en el índice de masa corporal de los últimos tres meses. Y se ha atrevido a recomendar que baje la ingesta de carbohidratos. Solo espero que no se lo diga a la nevera, la última vez dejó sin espaguetis carbonara a mis hijos durante un mes.

Esto de que los electrodomésticos sean inteligentes (perdón, smart) es un asco. Y si encima se hablan entre sí, peor aún. Se han convertido en madres que todo lo hacen por tu bien, como cuando tu madre te castigaba sin salir un sábado por tu bien, cuando te prohibían el arroz con leche por tu bien o te decían que ese amigo tuyo tan guapo era un macarra también por tu bien. Pero madre solo hay una y entonces tenía quince años. ¿Desde cuándo la báscula se ha ganado el derecho a hacer cosas por mi bien?

Además, van de listillos:

  • “Incline el eje de la batidora 30 grados para conseguir la mejor consistencia para su mayonesa casera”.

¡Pero bueno! ¿Es que ya ni mayonesa sé hacer?

  • “Su pulsera de actividad ha detectado que lleva dos días seguidos durmiendo menos de ocho horas. Esta noche la televisión se apagará a las 22:30 horas. Por su bien”.

¡¿Cómo?!

  • “Los niveles de oxígeno se están descompensando en el salón. Por favor, respire más despacio.”

¡Argh!

Al principio, el que la nevera hiciera los pedidos al supermercado según iba viendo que nos quedábamos sin alimentos tenía su gracia. Ganamos en calidad de vida, como decían los anuncios, y dejamos de tener que ir al supermercado los sábados por la mañana. Pero todo se convirtió en un verdadero infierno. Un día cometimos el error de comprar yogures de kiwi en un arranque de valentía aventurera por probar cosas nuevas. Resultó que no le gustaban a nadie pero, haciendo caso de las enseñanzas de postguerra de abuelos y padres, me comí los cuatro. La nevera detectó que nos quedábamos sin ellos y trajo otro pedido, esta vez mayor, comparando supermercados y encontrando la mejor oferta de precio por gramo de producto. Estuve un mes regalando yogures de kiwi a los vecinos y compañeros de trabajo para poder deshacerme de ellos sin que se caducaran. Cuando en el siguiente pedido llegaron cien yogures de kiwi, supe que había iniciado una guerra que no podía ganar…

En mi casa las persianas se bajan solas si detectan que baja la temperatura en las habitaciones para tratar de mantener el calor dentro. Así que, en verano, cuando conectamos el aire acondicionado, tenemos que ir a tientas entre las habitaciones chocándonos con los picos de los muebles porque las persianas bajadas nos dejan a oscuras. Además, no podemos encender la luz antes de las siete de la tarde: desde que la domótica con el módulo de eficiencia energética tomó el control no podemos encender las luces antes de la puesta del sol. Por suerte se puede programar la zona horaria…

Y como cuando se cierran las persianas a las plantas no les da la luz, se están muriendo. Y el riego automático ha considerado que el motivo podría ser la falta de agua y las riega tres veces al día. Lo que un día fue un tiesto con un frondoso poto hoy es una ciénaga a la que las ranas no se acercarían. Sin hablar de que se me está levantando el parqué.

El aparato que me chequea diariamente los niveles de tensión y me analiza la sangre no hace más que enviar alertas a mi médico de cabecera sobre mis niveles de azúcar. Y, aparte de haberme subido la cuota del seguro médico, creen que podría tener diabetes causada por ingesta excesiva de algún fruto cítrico. Y yo sé que todo esto es por sobredosis de kiwi.

Mi marido me llama paranoica pero yo sé que los electrodomésticos hablan de mí a mis espaldas. Les oigo cuchichear cuando salgo de una habitación pero, si me giro para sorprenderles, me miran con sus calmadas caras de bien educada cafetera de cápsulas y pacífica aspiradora que aspira sola. Con su lucecita verde esperando dócilmente órdenes, con sus botones en señal de ligera sonrisa, con sus cuchicheos convenientemente apagados esperando a que salga para planear su siguiente golpe maestro.

Y, encima, la báscula me llama gorda.

 

NOTA: este post no está basado en hechos reales. Mi abogado me obliga a decir que confío en que la inteligencia humana sabrá programar correctamente todos los aparatos para que una situación similar no llegue a producirse nunca.

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