El humanismo, de rabiosa actualidad: el valor del hombre en la era del robot

Virginia Cabrera    16 enero, 2020
humanismo

Con este post me gustaría invocar más lógica, más retórica, más escritura creativa, más gramática, más desarrollo memorístico, técnicas de teatro, más filosofía, más historia, más artes, más psicología… combinadas con big data, machine learning o blockchain. Es, en realidad, una tendencia: en tiempos de máquinas y algoritmos surgen voces que propugnan la vuelta al humanismo, aun cuando definirlo no sea una cuestión trivial.

La Wikipedia recoge que el vocablo humanismo fue acuñado en 1808 por el teólogo alemán Friedrich Niethammer para referirse a las enseñanzas medias centradas en el estudio de los clásicos grecolatinos a partir del término humanista, que se aplicaba ya en el siglo XVI en la jerga estudiantil de las universidades para denominar a los profesores de estas disciplinas.

Así que, en su origen, el humanismo no era más que un programa educativo con el único denominador común de dar valor al hombre. Eclosiona como filosofía en el Renacimiento y vuelve a florecer en  la Ilustración. “Un momento que algunos interpretan como de decadencia cultural, política y social, y en el que piden un retorno al estudio de la historia y la puesta en valor de la condición humana y la razón, el hambre por entender y la diferenciación y realización del individuo a partir de su capacidad de orquestar lo multidisciplinar. Se recupera la confianza en él con el anhelo de transformar la sociedad y alcanzar la perfección individual y colectiva”.

El humanismo como guía en la revolución digital

¿No os suena actual?

Las revoluciones tecnológicas provocan cambios en el modo en que hacemos las cosas y también en las herramientas que utilizamos. Pero, además, suponen profundas transformaciones en nosotros mismos, en nuestras facultades y habilidades y, sobre todo, en la manera en que percibimos y valoramos las cosas. Y esto nos lleva, lo reconozcamos o no, a no ser ya quienes solíamos ser. También provoca cambios en nuestro esquema de relaciones.

Una de las grandes dudas de nuestro tiempo es si la tecnología va a mejorar o empeorar nuestra vida. Se trata, pues, de prepararse desde un punto de vista racional pero también ético y moral, para obtener un beneficio responsable del cambio tecnológico.

¿Podría en este contexto ser el humanismo una guía para el razonamiento y la adopción de valores con la que extraer todo el potencial de la revolución digital para orientar mejor nuestra estrategia y  decisiones?

Más allá del trivium y el quadrivium

No parece mala idea. Tal vez no para revisitar en su versión más estricta el trivium y el quadrivium, pero sí como base ordenada de conocimiento que nos ayude a manejar mejor nuestros procesos de pensamiento, hacernos las preguntas necesarias, articular discursos capaces de enseñar y de persuadir, y también para conformar una visión más amplia de las oportunidades y riesgos del hoy y el mañana.

Me gusta pensar que podemos recuperar como vigentes (aunque revisitados) algunos de los rasgos ideológicos que fueron el leit motiv del humanismo:

  • Antropocentrismo para tomar al hombre como eje y restaurar la fe en él: su capacidad intelectual y analítica, su ansia de conocimiento y su espíritu crítico. A ello añadiría la emoción, la pasión y la empatía como valores clave.
  • Gusto por el debate intelectual y la comunicación de  ideas con esquemas elaborados y rotundos y equilibrio y claridad en la expresión. El objetivo es hacer la revolución del conocimiento, esta vez sí, asequible a todos.
  • Pero también ¿por qué no? la legitimación de lo que los humanistas llamaron “valores paganos” como el deseo de prestigio para inspirar y, de esta manera, servir.

Un “hilo del que tirar” para interpretar la nueva realidad

Si buceamos en los grandes humanistas podremos encontrar asideros para fortalecer nuestras mentes y mejorar como personas:

  • Se trata de encontrar un mayor equilibrio entre lo evidente y lo intuido, desarrollando una visión que combine miradas a corto y a largo plazo. Es importante acertar más y equivocarnos sin miedo y extraer enseñanzas de ello.
  • Es fundamental el valor del aprendizaje diverso y constante, que mezcla conocimiento y personas de todo tipo para favorecer nuevas interpretaciones del negocio y de la sociedad en todos sus ámbitos.
  • Hay que recuperar la vida íntima y personal, con espacio para el descanso y el disfrute. Para divagar y para perder el tiempo, para pasear y contemplar porque pensar también es hacer.
  • Necesitamos entre todos crear una cultura receptiva a la innovación y a la disrupción que, revisitando el pasado, acierte a liberarnos de repetir comportamientos intolerantes y agresivos respecto al cambio.

Seguro que, abriéndonos a todo ello, encontraremos ese “hilo del que tirar” para interpretar con éxito esta nueva realidad que nos ha tocado vivir y de la que deben ser protagonistas las personas, no las máquinas.

Imagen: Arts Electronica

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