Inflación, alimentación saludable y salud digital

Julio Jesús Sánchez García    21 noviembre, 2022
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Es habitual que a la hora de abordar las ventajas que la sanidad digital aporta nos centremos en las enfermedades, sus efectos y, en general, las personas que las padecen. Pero en este blog también hemos escrito de cómo la salud digital permite la prevención. Los hábitos de vida saludables nos ayudan a mantenernos sanos.

Un cambio de hábitos frente a las enfermedades crónicas

Y es que existe un potencial de mejora de la sociedad en general y la salud de las personas en particular a través de la modificación del comportamiento de los individuos.

La mayoría de las enfermedades crónicas que hoy en día se padecen no tiene su origen en factores genéticos, aleatorios o pandémicos, sino en hábitos de vida perjudiciales. La falta de ejercicio físico y el sedentarismo, el exceso de azúcar y sal en las comidas, el tabaco, el alcohol, el sobrepeso y los alimentos ultraprocesados son la causa principal de la hipertensión arterial, la diabetes, la insuficiencia cardiaca, la EPOC o el cáncer de pulmón.

Y estas enfermedades, habitualmente de larga duración, son las que mayores recursos consumen. Cuando decimos que el sistema de salud se encuentra ante una crisis de sostenibilidad debido a factores demográficos (evidentemente ciertos) no se contempla el hecho de que la modificación de los hábitos de vida en la población sana podría aliviar la carga de los hospitales en un plazo de veinte años.

El código postal como determinante de la salud

Es importante puntualizar también que el estatus socioeconómico tiene una gran influencia en el estado de salud. A pesar de tener un sistema sanitario público y universal de gran calidad es habitual escuchar en los congresos médicos que el código postal sigue siendo un factor determinante de la salud de las personas. Y esto es así porque las condiciones de vida, los hábitos, la educación y la alimentación dependen mucho del nivel de renta.

La crisis y la inflación agravan la desigualdad

Y ahora ha llegado esta nueva crisis (o nueva ola dentro de la macrocrisis de la pandemia), en la que los precios se han disparado como consecuencia de la escasez de energía y la guerra de Ucrania. Impacta en una reducción de la renta efectiva, un encarecimiento de las facturas y convierte la cesta de la compra en un quebradero de cabeza para muchos bolsillos.

La inflación reinante repercute también en que los hábitos de vida sean menos saludables: hay menos dinero para productos frescos o ecológicos. Y esto, por supuesto, afecta más a las rentas más bajas, lo cual incrementa una desigualdad ya preexistente.

La paradoja de la relación entre renta y número de calorías

En este aspecto se produce una circunstancia paradójica. Históricamente, en el medievo, por ejemplo, la desigualdad en renta tenía una traslación directa en la cantidad de calorías. Así, aparejado al estatus social de nobles y clérigos había una disponibilidad mayor de alimentos y un riesgo menor de desnutrición. Por el contrario, los siervos y la clase baja se veían abocados al hambre y esto también los hacía más vulnerables frente a enfermedades infecciosas.

Hoy en día, en cambio, la relación entre renta y disponibilidad de calorías se ha invertido. Las rentas más bajas consumen niveles muy altos de calorías, procedentes de comida basura, productos ultraprocesados y grasas trans (AGT, ácidos grasos insaturados). Esta menor calidad deviene en enfermedades como obesidad y diabetes. Por el contrario, en niveles de renta más altos se pasa “más hambre” ya que se consumen cantidades más moderadas, pero son alimentos de mayor calidad. Influye una mayor conciencia sobre la salud y preocupación por los estándares estéticos imperantes.

El peso de la educación en los hábitos de vida

Como señalaba, ya se ha dado la voz de alarma sobre que la alta inflación está agudizando esta tendencia. Aboca a las personas de rentas menores a una alimentación poco saludable, mientras  solo las rentas superiores pueden tener acceso a los alimentos de mayor calidad. Personalmente creo que hay algo de verdad en esto, pero solo a medias.

Sin duda, hay un impacto del precio pero no es cierto que no se puedan encontrar alternativas saludables entre los productos asequibles. Si pensamos en el ejercicio físico, tampoco hace falta apuntarse a un gimnasio muy caro para ponerse en forma. Es posible hacerlo en calles y parques. Por lo tanto, a la hora de tener la foto completa de los hábitos de vida saludables un factor determinante es la educación de las personas.

Falta un marco de incentivación pública de la salud

En cualquier caso, los hábitos de vida poco saludables son un problema de salud pública de primera magnitud. De esto ya hemos escrito en alguna ocasión. Las Administraciones públicas ponen de su parte pero normalmente lo hacen por el lado restrictivo (impuestos sobre el tabaco, bebidas azucaradas, etcétera) más que vía educativa, que se circunscribe a las etapas escolares. No existe un marco real de incentivación pública de la salud que cale en la vida de los ciudadanos.

La sanidad digital brinda una ayuda

Nutriscore es una iniciativa europea ya extendida que puede resultar de ayuda a la hora de hacer la compra. Se trata de un sencillo código de colores que incorporan los alimentos procesados y proporciona información sobre su nivel de salubridad. Aunque no carente de polémica en el caso de algunos alimentos como el aceite de oliva, es una ayuda con base científica.

También la sanidad digital puede ayudar en esta tarea. Existen múltiples aplicaciones sobre alimentación saludable. Yuka es una app que, aunque no exenta de críticas tampoco, ofrece información interesante sobre la composición de alimentos y el uso de aditivos con solo escanear el código de barras.  El Coco, FatSecret o Clean Beauty son otras opciones, aunque no tan conocidas o con tantas referencias.

Otras app ayudan a llevar la cuenta de las calorías consumidas, como Fitia, Lose It! o Macros, aunque su uso resulta algo engorroso, pues hay que ser muy disciplinado para registrar en todo momento todo lo que uno come.

Y no podemos dejar de lado aquellas encaminadas a mejorar nuestra forma física a través del ejercicio. Todos los teléfonos inteligentes las incluyen ya de serie, desarrolladas por los propios Google o Apple. Y a estas hay que añadir muchas más, generalmente gratuitas, asociadas o no a dispositivos de medición o wearables.

Así que no hay excusa: debemos ser cuidadosos con lo que metemos en la cesta de la compra  y encontrar la forma de evitar el sedentarismo. Nuestra salud nos lo agradecerá y entre todos estaremos contribuyendo a la sostenibilidad del sistema.

Imagen: Theo Crazzolara

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