El enemigo de la innovación: el cortoplacismo

Roberto García Esteban    9 abril, 2019

Los CEO de muchas compañías parecen competir sobre quién es capaz de utilizar más veces la palabra “innovación” y aparece escrita en numerosos despachos y organigramas de empresas de cualquier sector, desde jugueteras a funerarias. Pero la “innovación” no es un hechizo sacado de una película de Harry Potter que cuando se invoca provoca inmediatamente un torrente de nuevas ideas que logran que cualquier compañía sea más ágil y creativa al momento. Lo que sucede en realidad es que hay un montón de barreras culturales, políticas y presupuestarias que hacen que muchas empresas vean las nuevas ideas con hostilidad más que con ilusión.

¿Y cuáles son las razones por las que las empresas no innovan todo lo que deberían si todo el mundo parece tener claro que es fundamental hacerlo no solo para crecer, sino incluso para sobrevivir en el mundo empresarial de hoy en día? Está, por una parte, el miedo al fracaso, ya que nadie es capaz de asegurar que trabajar en una idea innovadora hoy vaya a dar sus frutos mañana. También cuenta que, en muchas organizaciones el líder no fomenta la innovación dentro de la organización porque no es capaz de ver su importancia a la hora de establecer modelos de negocios diferenciales y sostenibles a largo plazo, con el respaldo de las tecnologías disruptivas que van apareciendo. Y, además, en muchas ocasiones existe una supuesta falta de urgencia para innovar. Si las cosas van razonablemente bien, ¿por qué cambiar? Al no ser considerado algo urgente, no se crean los procesos internos necesarios para que las buenas ideas no se mueran por el camino antes de llegar a cristalizar en un proyecto concreto.

Pero quizá el problema principal que bloquea la innovación en las compañías es el cortoplacismo imperante en la mayoría de ellas. Normalmente se pide que el retorno de cualquier inversión sea de un año o menos, y, bajo esa presión, muchos proyectos de innovación se gestionan erróneamente y acaban fracasando. La mayoría de las empresas piensa exclusivamente en el año fiscal actual. Sin embargo, en lo referente a la innovación hay que pensar en mañana. Pero en muchas empresas el hoy se come al mañana porque no tienen capacidad ni presupuesto para enfocarse en algo que dará resultados en tres o cinco años. Como en tantas otras ocasiones, la virtud está en el término medio y lo suyo es hacer planes a tres o cinco años que identifiquen oportunidades, a la vez que se persigue una hoja de ruta con dos o tres iniciativas que puedan suponer ingresos en seis o doce meses. Saber combinar esa búsqueda de oportunidades a largo plazo con iniciativas a corto es la verdadera clave de la innovación.

Para ello no hace falta dedicar un gran presupuesto a un departamento de I+D, se trata de construir una cultura corporativa que fomente la innovación. Las compañías más innovadoras son aquéllas capaces de atraer a quienes no solo buscan un trabajo estable, sino que sobre todo necesitan estar motivados y creer en su trabajo diario como fuente de cambio y contribución a un proyecto. Esas personas acuden a las empresas innovadoras porque es “donde ocurren cosas”, y no son necesariamente ingenieros o tecnólogos, sino que cualquier empleado de una compañía puede ser innovador. Así pues, las empresas deben promover constantes oportunidades de desarrollo para sus empleados que, a su vez, deben asumir la responsabilidad de mantenerse actualizados y relevantes y abandonar el enfoque tradicional de superar una serie de exámenes para llegar a un puesto de trabajo y, una vez conseguido, permanecer allí para siempre.

Por tanto, ese hechizo mágico que, a lo Harry Potter, transforma a una compañía tradicional en una compañía innovadora no es un software, sino las personas. Las compañías más innovadoras no se plantean simplemente incorporar la última tecnología, sino que se hacen las preguntas necesarias y cuando identifican qué tienen que hacer se sirven de la tecnología que mejor puede ayudarlas a conseguir su fin. Lo importante es que toda la organización entienda la nueva forma de hacer las cosas e interiorice que son necesarios cambios culturales. Esto no se consigue de un día para otro, por lo que es fundamental aparcar el cortoplacismo y trabajar en construir las capacidades que se necesitan para transformar a una empresa en una empresa realmente innovadora.

Imagen: makamuki0/pixabay

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