El puerto inteligente, fuente de riqueza

Félix Hernández    9 septiembre, 2015

Los puertos, entrada de turismo y de mercancías, son nuestra gran fuente de riqueza. Y lo son, no nos olvidemos, al ser fundamentalmente puro movimiento. Porque España, país de costas, es país de puertos y más de 11 millones de personas y 3 millones de contenedores los utilizan anualmente.

Desde siempre (recordemos los primeros fenicios arribando a las costas de Gerona o Levante) nuestros puertos fueron lugares privilegiados de comunicación, especialmente con las colonias americanas (Sevilla y Cádiz) y la Casa de Contratación de Indias. Y aún ahora nuestros actuales puertos siguen desempeñando un papel importante en este trasiego internacional.

De ahí la importancia de las nuevas iniciativas smart ligadas a ellos. Tenemos ya muchos ejemplos y cito sin orden específico: Tarragona, focalizada en el medio ambiente, la comunicación y el  factor humano; Barcelona, que innova en aspectos logísticos; La Coruña, que concentra su esfuerzos en la coordinación con la ciudad y la competitividad económica; Vigo, implicada en la eficiencia energética y la motorización de sus atraques; Sevilla, que aspira a optimizar los tráficos de los buques, o Motril, que se enfoca en la gestión eficiente, la banda ultra-rápida y la innovación de Open Future, con el apoyo de Telefónica.

Como denominador común a todas ellas, diría que estas pequeñas-grandes ciudades son el caldo de cultivo de las tecnologías de lo eficiente, aparte de las necesidades transversales de la smart city: de los sensores, cualquiera que sea la tecnología que se implemente, del dato en tiempo real y del escenario de pruebas de la logística más avanzada. El reto para estos lugares se denomina “interconexión” y en ningún otro punto del planeta esta palabra adquiere mayor calado (salvo quizá en los aeropuertos). Interconexión con otros lugares y otros mundos (puertos): hacia fuera, pero también hacia dentro con el ferrocarril y, en general, el transporte terrestre.

Si ahora el smart port o puerto inteligente es un término de moda y nuevo para muchos, será algo diferenciador en los próximos años a la hora de establecer las nuevas rutas internacionales; y seguro que tendrá un valor relevante no sólo para las mercancías, una exigencia de los operadores logísticos transcontinentales, sino que será una oportunidad para el turismo (sus herramientas nos cuentarán los pasajeros que transitan y sus orígenes o destinos) y los pequeños puertos deportivos y de recreo, para los pesqueros y la industria conservera o por un hecho puramente estratégico, en lo referente a la energía que importamos o exportamos a través de ellos y los atraques de los grandes petroleros y refinerías.

Cierro los ojos y veo la bocana del puerto que me recuerda en estos días mis vacaciones pasadas. Huelo la sal, oigo el viento y las olas rompiendo. Todo parece muy físico, muy cercano, tan hermoso. Aunque enterrados en el suelo de sus accesos o en las ondas hertzianas, y ajenos a muchas de las personas que los transitan, están los datos digitales, que viajan a un ritmo endiablado desde los buques a los servidores en la nube, que sincronizan su trajín diario. Y su silencio marca con premura el nuevo ritmo de los puertos inteligentes.

Imagen: Massmo Relsig

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