¿Educación humanista o exponencial?

Enrique de la Lastra Leralta    1 agosto, 2019
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La revolución tecnológica en la que estamos inmersos, ésta que muta y se transforma con tanta celeridad, que devora como una apisonadora, como un monstruo mitológico todo lo “nuevo”: noticias, inventos, desarrollos… y los convierte en obsoletos y caducos casi el mismo día en que salen a la luz, paradójicamente ya no es noticia –no podía ser de otra forma, de hecho- y se ha convertido por derecho propio en el “zeitgeist”, el espíritu de nuestro tiempo, en el que urge una educación que compagine humanismo con digitalización.

Pero ¿cómo adaptarnos a esta evolución exponencial de la tecnología? ¿Cuál debe ser el modelo educativo?: ¿tratar de aprender al ritmo de la tecnología o centrarnos en lo que nos hace ser más humanos?

Si profundizamos en el funcionamiento de nuestro smartphone nos quedamos perplejos por la complejidad que esconde esa aparente sencillez: microchips con capacidades de proceso espectaculares, memorias que antaño -hace unos años y hoy en día, en realidad- tenían forma de grandes y ruidosos discos duros, pantallas táctiles que resisten reiteradas caídas, cámaras de fotos con ópticas, prestaciones y resoluciones cercanas a una Nikon o una Canon… Realmente no tenemos ni idea de qué esconde esa caja negra y seríamos incapaces de fabricar por nosotros mismos ni una sola de sus piezas. Como dijo Arthur C. Clarke “Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”.

Si además paramos motores e intentamos ralentizar y reflexionar un momento acerca de cómo esta tecnología ha impregnado cada faceta de nuestras vidas, desde el ocio diario hasta nuestra forma de viajar, desde la educación hasta el trabajo, cómo ha impactado en empresas tradicionales y también startups, comprendemos que nos hemos convertido en auténticos adictos y tecnodependientes. Ya no podemos vivir sin esta tecnología, no podríamos concebir un mundo en el que no existiera y, en definitiva, ni siquiera estamos preparados para experimentar el síndrome de abstinencia. Que se lo digan a los más jóvenes.

La evolución disruptiva de la tecnología -lo sabemos- no ha hecho nada más que empezar. El impacto de la inteligencia artificial, de las posibilidades de la analítica de datos, de los riesgos de seguridad a los que estamos expuestos… es tan palpable, que merece cada uno su propia historia (parafraseando a Michael Ende). Sus efectos son evidentes y su futuro, impredecible. En palabras del presidente de Telefónica, José María Álvarez Pallete “la dimensión de lo que viene no se ha vivido nunca en la historia. Será cuatro veces del tamaño de la Revolución Industrial…  todas estas tecnologías se retroalimentan entre sí y harán que el mundo de los smartphones no sea más que un aperitivo de lo que viene”.

Pero es la educación el ámbito en el que se requiere una renovación más exhaustiva. Si queremos ser competitivos o, más correctamente, coopetir con sistemas de inteligencia artificial que autoaprenden de forma acelerada, necesitamos cambiar los cimientos de la educación.

Una educación que compagine humanismo con digitalización

En nuestra relación con la tecnología, estamos transformando relaciones humanas por relaciones digitales con máquinas y asistentes virtuales, perdiendo la calidad y la calidez de la atención personal. Esta transformación es crítica en el terreno de la salud, física y mental, donde buscamos no solo un diagnóstico sino también el consejo del médico, el calor del enfermero y el apoyo del psicólogo. En este contexto, resulta trascendental devolver el protagonismo a la persona, compatibilizar digitalización con humanismo. Y para ello es necesario formar a personas flexibles, adaptables, pluripotenciales y multifacéticas; que se estudien conjuntamente asignaturas STEM (Science, Technology, Engineering and Mathematics) con materias de ética, que se fomente el espíritu crítico y el aprendizaje continuo, que se explique la interacción hombre-máquina centrada en las personas, que se cuenten las ventajas y problemas de la implantación de la tecnología y qué alternativas son las mejores.

Si algo nos distingue de las máquinas es “la creatividad, el pensamiento crítico, la inteligencia emocional, la capacidad de inspirar y de trabajar colaborativamente”, según José Escamilla, director de TecLabs. Ésas deberían ser, desde mi punto de vista, algunas de las asignaturas troncales del colegio del siglo XXI, además del humanismo, la sensibilidad y, en definitiva, de las ventajas competitivas del ser humano frente a las capacidades casi infinitas de las máquinas. Y, en cualquier caso, siempre deberemos añadir aquellas competencias digitales que permiten desarrollar la tecnología: programación, analítica de datos, machine learning, deep learning…

Volviendo a Arthur C. Clarke, “cualquier profesor que pueda ser sustituido por una máquina debería ser sustituido por una máquina”. ¿Es este escenario el apocalipsis inevitable del sistema educativo? Creo que es solo el paso necesario en la adaptación del profesorado: ¿qué ventajas tiene asistir al colegio, si no es por la vertiente humana de la enseñanza, por la socialización, por el aprendizaje conjunto alumno-alumno y alumno-profesor, por el estudio a través del ejemplo o de la “gamificación”? Si esto no se ofrece en la escuela del siglo XXI, los estudiantes elegirán una clase online con “el profe de mates” de un colegio en Suiza, otro de inglés en un colegio de Canadá y la informática de un profesor de Stanford. Y respecto a los apuntes, los que hagan los mejores, como siempre. Y qué decir en la Universidad… El modelo deslocalizado de escuela del futuro no es una utopía, como nos cuentan Kiran Bir Sethi y Michael Horn.

En este sentido, Telefónica ha presentado un modelo educativo, que surgió en 2013 de forma simultánea en Silicon Valley y París y que funciona 24 horas al día, sin límite de edad y gratuito y, por supuesto, ubicuo que, sin duda, revolucionará la educación: la escuela 42. Es el primer paso en un cambio que sacudirá procesos y métodos de docencia, que transformará no solo las escuelas físicas, sino también las online.

Si vamos más allá, según Gerd Leonhard, futurista, humanista, cineasta y personaje destacado en el primer EnlightED, “no es imposible que lleguemos a usar las máquinas para convertirnos en una nueva especie”. Entramos aquí en la idea del biohacking, que si nadie lo remedia nos llevará hacia el posthumanismo. El propio Gerd Leonhard matiza: “no creo que sea una buena idea… estaremos perdiendo otras cualidades que nos hacen humanos: emociones, intuición, accidentes, equivocaciones… no se puede programar la paz o la felicidad. En diez años los ordenadores harán la contabilidad, el trabajo legal y otros… nosotros básicamente tendremos que lidiar con la ambigüedad, arreglar los errores, contar historias, inventar cosas, definir los límites de la tecnología… más artes, más música, más filosofía”.

Puesto que la tecnología evoluciona de forma exponencial y la capacidad humana de evolucionar es limitada, no será posible seguir su ritmo sin incorporar a nuestro cuerpo mejoras tecnológicas. Si compaginamos competencias digitales con una actitud permanente de aprendizaje y con las cualidades que nos hacen netamente humanos, podremos dominar la tecnología y ponerla a nuestro servicio.

En palabras de José María Álvarez-Pallete: “aunque no sabemos qué nos depara el futuro… la mejor manera de afrontarlo es manteniendo una apuesta constante por la innovación, amparar el talento y estar abiertos a la colaboración y al intercambio de conocimiento”.

Imagen: Mathieu Bertrand Struck

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