Comunicación cerebro a cerebro: de momento, solo un experimento

Lorena De la Flor    3 abril, 2019

A finales de septiembre de 2018 la Universidad de Cornwell publicaba el artículo “BrainNet: a multiperson brain-to-brain interface for direct collaboration between brains”, en el cual se detallaba un experimento con la primera interfaz no invasiva de comunicación cerebro a cerebro para la resolución de problemas.

A diferencia de las interfaces cerebro-ordenador, las interfaces “brain to brain” (BBIs) pretenden comunicar de forma directa dos o más cerebros humanos (convenientemente guardados en las respectivas cabezas de sus dueños, a ser posible, vivos, sin nada tipo Frankenstein).

El artículo describe el experimento realizado con cinco grupos de tres personas en un juego Tetris simplificado. En él, cada pieza que cae es una partida independiente, no es necesario mover la pieza a izquierda o derecha, solo decidir si se rota 80 grados o no.

Dos de los sujetos (emisores) ven la pantalla completa con la pieza que cae y las piezas del tablero. El sujeto receptor, en cambio, solo ve la pieza que cae pero no las del tablero, por lo que no sabe si tiene que girar o no la ficha. Los emisores deben indicarle si girarla o no para que encaje en el hueco del tablero y, así, completar línea. El receptor ejecuta o no el movimiento y todos descubren si ha completado la línea.

Para hacerlo más divertido, uno de los emisores suele equivocarse e indica que hay que girar la pieza cuando no es necesario y viceversa. De esta forma, el receptor recibe las dos señales, una por cada emisor: si coinciden, deberá seguir la instrucción dada; si son distintas, deberá aprender cuál es el emisor más fiable.

Antes de que se deje caer la pieza, el receptor envía su decisión a los emisores, que pueden corregir o no su primer mensaje. Así, el receptor tiene una mayor oportunidad de aprender de la fiabilidad de cada emisor y todos los participantes pueden enviar y recibir mensajes, lo que se asemeja más a una conversación bidireccional para resolver un problema de forma colaborativa.

Todos los participantes están en habitaciones separadas y la única vía de comunicación es la interfaz cerebro-cerebro.

Los resultados fueron que, de media, el 81,25 por ciento de las decisiones se tomó de forma correcta, lo cual es un porcentaje significativamente mayor que el rendimiento esperado de decisiones al azar. Así contado suena bastante prometedor, aunque es importante entender de qué información hablamos y cómo se transmite.

Lo que se transmite no es una imagen cerebral ni una palabra, sino un mensaje «Sí/No». En realidad, para transmitir el “Sí” los emisores enfocan su atención en un LED que parpadea a 17 Hz colocado en un lado de la pantalla y para transmitir la decisión de «no rotar» lo hacen en la luz LED «No», que parpadea a 15 Hz colocada en el otro lado.

Las decisiones de los dos emisores se envían vía TCP/IP al ordenador del receptor, se traducen a pulsos de estimulación magnética transcraneal (no recomendados si alguien sufre migrañas, por cierto) y se aplican en la corteza occipital del receptor. La intensidad de la estimulación se varía en función de un determinado umbral del receptor: si la decisión es un “Sí” la estimulación será superior al umbral y el receptor percibirá destellos en sus ojos (efecto conocido como fosfeno). En cambio, una respuesta de «No» se traduce a una intensidad por debajo del umbral y el receptor no percibe nada.

Los mensajes «Sí/No» o «1/0» son la base de toda la comunicación digital, por lo que podría ser un buen comienzo, pero no son la forma en que los humanos razonamos. Por tanto, no es lo mismo que una imagen mental o pensamiento se traduzca a una señal digital para ser transmitida y decodificada en otro cerebro que el hecho de que una persona mire detenidamente una luz que parpadea a una frecuencia determinada para que su cerebro sea capaz de generar una señal de “Sí”.

Si todos los cerebros humanos estuvieran “tejidos” de la misma forma, con las mismas neuronas e idénticos enlaces neuronales, quizá podríamos extraer las señales eléctricas que se transmiten entre ellas en un determinado cerebro y concluir que generarán el mismo pensamiento en otro cerebro. Pero la realidad es que cada cerebro es distinto y muy complejo e incluso un mismo cerebro varía a lo largo del tiempo como consecuencia del aprendizaje, desaprendizaje, enfermedades o agentes externos.

Por tanto, sí, este experimento representa un gran paso pero aún estamos muy lejos, por desgracia, de poder comunicarnos telepáticamente, de poder “hablar” con personas con las que no compartimos el mismo idioma, de hacerlo con los animales o incluso con los extraterrestres, de leer la mente o de crear una red neuronal mundial en la que todos los seres del mundo estemos conectados.

Tendremos que esperar un poquito más.

Imagen: Lorena De la Flor

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