Cómo saber lo ‘inteligente’ que es una Smart City

Beatriz Sanz Baños    7 septiembre, 2016

Forbes ilustra muy bien el contraste en el que viven inmersas las grandes urbes. Por un lado, generan el 80% de la riqueza a nivel mundial pero también deben hacer frente a más retos  que otros espacios, a todos los niveles: económicos, demográficos, sociales y medioambientales. Puesto que el 70% de la población vivirá en ciudades para el 2050, desarrollar ciudades que presten todos los servicios que requieren los ciudadanos, de manera eficiente y sostenible, es clave para asegurar el futuro de las ciudades y del planeta.

La tecnología como componente vertebrador de los núcleos urbanos tiene una presencia intrínseca según las poblaciones aumentan de tamaño y se sofistica la demanda de los ciudadanos. Se puede decir que toda ciudad tiene tendencia a convertirse en Smart Cities para dar una respuesta eficiente a estas demandas.

Las ciudades inteligentes son, sin duda, los principales motores económicos de IoT pero también son el mayor desafío tecnológico que tenemos por delante como sociedad. No todas las Smart Cities están en una fase de desarrollo parecida ni todas gestionan con el mismo nivel de eficacia los procesos de transformación digital que han desarrollado.

¿Cómo podemos  clasificar y medir la calidad de una Smart City? Existen diversos criterios, pero vamos a tomar como referencia los dedos instituciones de reconocido prestigio. Ell estudio anual del IESE, por un lado, tiene en cuenta 77 factores distintos, que mide en 181 ciudades consideradas clave. Estos factores se engloban en 10 áreas: Gobernanza, Urbanismo, Gestión Pública, Tecnología, Medio Ambiente, Impacto Internacional, Cohesión Social, Transporte, Capital Humano y Economía. Otros estudios, como el de Juniper Research, se basan en estudiar eficiencia y sostenibilidad en cinco áreas fundamentales para las ciudades: Tecnología, Edificaciones, Suministros, Medios de Transporte e Infraestructuras y, por último, la ciudad en sí misma. Para mantener estas cinco áreas en equilibrio hay que tener en cuenta tres efectos de la digitalización urbana: consumo energético, residuos y  tráfico.

Estos diferentes sistemas de medición en realidad no son divergentes sino que convergen hacia unos conceptos comunes que comparte cualquier sistema de medición de calidad de las Smart Cities. Las tres dimensiones que son comunes a  estos (y otros) sistemas de clasificación para determinar la calidad de las Smart Cities son:

  • Los elementos que conforman la ciudad.
  • Los actores públicos y privados de la Smart City.
  • La manera en la que mejoran la vida de los ciudadanos.

Existen dos factores negativos que toda Smart City debe minimizar en aras de la eficiencia y la sostenibilidad:

  • El consumo de energía.
  • La generación de residuos.

Como control de calidad del desarrollo de un Smart City es útil recordar el decálogo de la Smart City del Libro Blanco de Telefónica, PWC y el IE Business School:

  1. Tener un plan de desarrollo de Smart City a largo plazo, que involucre a todos los actores.
  2. Tener clara la priorización de recursos y los ámbitos de actuación.
  3. Contar con el liderazgo del alcalde para impulsar la Smart City.
  4. Impulsar los cambios tecnológicos transversales necesarios.
  5. Buscar colaboración con otros ayuntamientos.
  6. Impulsar un marco legal favorable a las iniciativas de digitalización.
  7. Buscar un modelo mixto que implique al sector privado y genere nuevos modelos de negocio.
  8. Los servicios verticales digitalizados deben conectarse trasversalmente para aprovechar sinergias.
  9. Apostar por plataformas abiertas, estándar e interoperables que favorezcan un ecosistema innovador.
  10. Facilitar datos abiertos que generen valor para los ciudadanos y las empresas que trabajen en desarrollar nuevos servicios.

Volviendo al Observatorio permanente del IESE, como el propio nombre del índice indica, ‘Cities in Motion’, hace ver lo cambiante que es la transformación digital de espacios urbanos, y lo relevantes que son los factores que se combinan para conformar Smart Cities cada vez mejores para sus ciudadanos y para su entorno. Este proceso de mejora constante debe ser visto como un proyecto tan vivo como la ciudad que intenta mejorar.

Por último habría que acotar que las ciudades no se desarrollan sólo por esfuerzos endógenos sino que en ocasiones reciben impulso externo. Es frecuente que los países intervengan e impongan una estrategia de digitalización que favorece a unas regiones (o ciudades) sobre otras. Transformar una ciudad pequeña o mediana en una Smart City es una herramienta para reequilibrar la riqueza. Así, no es de extrañar que los gobiernos se impliquen en crear planes estratégicos de digitalización a nivel de todo el país o a nivel de una región en concreto. Las ciudades de gran tamaño tienen la suficiente autonomía y tejido industrial propios para que la iniciativa privada explore medidas para mejorar la eficiencia y la sostenibilidad en las grandes urbes a través de la tecnología.

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