El poder de big data y la contrapropaganda en las redes sociales contra la “ciberyihad”

Víctor Deutsch    7 julio, 2016
El embajador de EE.UU. ante la ONU, Adlai Stevenson

Hace unos meses, el CCN (Centro Criptológico Nacional) del CNI presentó el informe IA-09/16 de Ciberamenazas 2015/Tendencias 2016 en el que, entre otras cosas, advertía sobre la aparición de una nueva amenaza: “el ciberyihadismo que, con métodos, procedimientos y herramientas del terrorismo, el “hacktivismo” y la ciberguerra constituye una realidad incipiente y supone una de las mayores amenazas a las que se enfrentarán las sociedades occidentales en los próximos años“.

La evaluación que hacía el CCN se basaba en el hecho comprobado de que grupos como el ISIS-DAESH tenían suficiente “caja” (proveniente de extorsiones o del comercio ilegal) como para “llegar a adquirir los conocimientos y las herramientas precisas para el desarrollo de ciberataques o la contratación de los mismos”.

Aunque algunos medios se basaron en este informe para publicar titulares alarmantes, la realidad es que el CCN sólo ve un riesgo potencial a largo plazo (“puedan llegar”), dado que “hasta el momento, sus ataques se han limitado a la desfiguración de páginas web, ataques DDoS a pequeña escala o, más comúnmente, al uso de Internet y de las redes sociales para la diseminación de propaganda o el reclutamiento y la radicalización, actividades que no exigen grandes conocimientos o infraestructura”.

En el análisis del CCN, el DAESH constituye una potencial amenaza dado su poder económico, pero evidentemente reclutar los recursos adecuados, desarrollar las herramientas e infraestructuras necesarias de forma clandestina, no es una tarea sencilla ni se puede realizar de un día para otro. La obligación del CCN es anticipar las amenazas a largo plazo y sugerir medidas para evitarlo, y eso hizo.

Por tanto, no es probable un futuro cercano poblado de ciberataques devastadores a las infraestructuras básicas de nuestra sociedad (servicios públicos, sistema financiero, etc.). De hecho, los líderes del DAESH se estarán planteando seguramente la conveniencia o no de dedicar gran parte de sus recursos financieros a esta ciberguerra, en la cual les llevamos una gran ventaja. Atacar en el punto fuerte del enemigo no suele ser una buena estrategia en la guerra de guerrillas.

Pero, en cambio, el CCN pone verdadero énfasis en el uso que DAESH hace de Internet para la propaganda, el reclutamiento y la radicalización. Cuando hace poco tiempo los terroristas consiguieron “hackear” la cuenta de Twitter del US Command, un objetivo realmente menor, sólo subieron fotos publicitarias.

Sin embargo, este uso propagandístico de Internet no puede menospreciarse. Es más, puede ser un arma muy poderosa, mucho más eficiente y eficaz que un ciberataque. Con escasos recursos puede causar mucho más daño.

Si observamos los últimos casos de terrorismo yihadista en Occidente, todos siguen el mismo patrón: son efectuados por personas corrientes, aparentemente integradas en la cultura occidental, que disfrutan de sus libertades y derechos civiles. Por eso, esta actividad de reclutamiento y radicalización es crítica en la estrategia de DAESH. Vedado el acceso de las bandas terroristas a otros medios masivos, Internet juega un papel fundamental. Ésa es la amenaza actual.

En este sentido, el 6 de diciembre de 2015 el Presidente Obama hizo un llamamiento a la industria de Internet para colaborar con su Gobierno en esta materia. Y el 8 de enero de este año el Gobierno de EE.UU. anunció la creación de un equipo para combatir la propaganda yihadista en la Red.

Ese día expertos del Gobierno se reunieron con ejecutivos de Facebook, Twitter, Microsoft, LinkedIn, Youtube y Apple con una sola consigna: “¿Cómo podemos hacer más difícil para los terroristas el uso de Internet para reclutar, radicalizar y movilizar a sus seguidores hacia actos violentos? (How can we make it harder for terrorists to [use] the Internet to recruit, radicalize, and mobilize followers to violence?).

A pesar de la reserva de estas conversaciones entre el sector privado y el Gobierno de los EE.UU. lo que ha trascendido apunta en dos direcciones: cómo mejorar la información de inteligencia en la red sobre los grupos terroristas y, especialmente, cómo desarrollar una campaña de contrapropaganda para anular el efecto de la propaganda yihadista.

Sobre el primer aspecto, las empresas de Silicon Valley han dedicado grandes recursos, aunque con otros fines. Las tecnologías de big data/analytics, de igual forma que se utilizan para predecir el comportamiento de consumidores, pueden utilizarse para detectar patrones de posibles ataques, blancos o potenciales reclutadores.

Una muestra de su eficacia la vimos en España con la desarticulación de una célula de reclutamiento del DAESH el pasado 3 de mayo por la Guardia Civil, con la captura de un reputado experto en reclutamiento y redes sociales.

En la cuestión de la contrapropaganda es dónde parece que hay mayor margen de mejora. Hasta el momento los esfuerzos de Occidente han sido escasos, aislados y muchas veces contradictorios. No parece haber una línea clara y unificada de mensaje. De alguna forma se ha dejado que el DAESH construya e imponga su relato entre los colectivos sobre los cuales quiere influir.

Como sabemos, la mejor estrategia de contrapropaganda consiste en contraponer la verdad a la propaganda enemiga. Un buen ejemplo podemos encontrarlo durante la crisis de los misiles de 1963. En aquellos días, la Unión Soviética negó oficialmente en la ONU haber instalado misiles en Cuba y lanzó una amplia campaña de propaganda a través de sus terminales en Occidente, que aludía a las intenciones pacíficas de este Estado en contra de las camarillas belicistas de EE.UU. y la OTAN.

En un tremendo golpe de efecto, el Presidente Kennedy ordenó a su embajador en el organismo, que publicara las fotos secretas de sus aviones de reconocimiento que mostraban los misiles soviéticos instalados en sus plataformas cubanas. El relato soviético se vino abajo en unos minutos, ante la perplejidad de sus colaboradores y agentes en todo el mundo. Cualquier declaración oficial o “campaña por la paz” lanzada por los soviéticos ya no tendría la misma credibilidad.

En el caso del DAESH, los relatos de la presunta persecución religiosa contra los musulmanes se derrumban ante la plena integración de la mayor parte de ellos en las sociedades occidentales. De hecho, son el primer blanco de la campaña de propaganda del DAESH que pretende que pongamos a todos en el mismo saco y lograr su alienación.

También podemos contraprogramar el relato de “colonialismo explotador”. Como contaba en Los atentados de Paris y el uso miserable de las redes sociales, tras la caída del Imperio Otomano, países árabes como Siria, El Líbano o Irak llegaron a desarrollar, hasta avanzados los ochenta, sociedades con un gran nivel de tolerancia religiosa, una incipiente democracia liberal, una clase media y un sistema educativo que, de haber seguido evolucionando, hoy habría producido economías mucho más modernas y abiertas. En resumen, la tecnología es importante, pero  necesitamos desarrollar un contenido veraz, basado en evidencias históricas y experiencias contrastables, para transmitir a través de los mismos medios que utilizan los reclutadores terroristas y contraprogramarlos. Se trata de dar la batalla en las redes sociales como muchas empresas hacen para imponerse a la competencia en la cabeza del cliente.

Esta vez estamos todos juntos en el mismo barco. Los últimos pasos del presidente Obama demuestran que hemos empezado a reaccionar. Contamos con la tecnología y los mejores cerebros en comunicación del mundo pero en esta batalla todos podemos, en mayor o menor medida, contribuir al esfuerzo de nuestra “marca personal” que trabajamos cada día. Y no podemos permitirnos fracasar.

Imagen: Public domain

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