¿Caminamos hacia una “edad oscura digital”?

Carmen Menchero de los Ríos    25 noviembre, 2015

Podría resultar paradójico que en una sociedad cada vez más digital, 2015 se estrenase con el eco en la prensa de unas polémicas declaraciones de Vinton Cerf, vicepresidente de Google, en las que alertaba sobre el riesgo de que la Humanidad estuviera avanzando hacia una nueva edad oscura a la que estaríamos condenados por la obsolescencia tecnológica y ese constante baile de formatos que nos obligan a conservar junto a los contenidos, los dispositivos y el software necesarios para su reproducción.

Pensar en recrear físicamente nuestro actual mundo virtual es, sin duda, un esfuerzo de titanes si tenemos en cuenta que el ciudadano del siglo XXI es un activo creador y consumidor de contenidos servidos por infinidad de portales y blogs con los que las entidades aseguran su presencia en Internet, como las antiguas civilizaciones buscaban desesperadamente salida al mar. Titulares alarmantes inundaron las secciones de tecnología y cultura de la prensa internacional. Se auguraba nuestro paso a la posteridad acallados por un silencio equivalente al que envuelve a la Alta Edad Media, sin apenas rastro escrito ni material.

La inquietud fue recogida el pasado mes de abril por TEDxGranVía en una interesante sesión titulada “¿Rumbo a una edad oscura… digital?, con una invita de lujo: Mar Pérez Morillo, responsable del área de gestión del Depósito de publicaciones en línea de la Biblioteca Nacional (BNE).

En su intervención enumeró distintas iniciativas llevadas a cabo por la BNE desde que en 2009 comenzara a ocuparse del archivo de la web española, e hizo hincapié en el tratamiento diferencial de estos contenidos respecto a la tradicional labor de conservación llevada a cabo con ejemplares de obras en soporte físico. Más que recrear físicamente objetos digitales, la intención es preservar los contenidos a partir de una labor de selección que haga viable un esfuerzo que debe mantenerse en el tiempo para poder cumplir con su objetivo.

Queda pues descartada, hoy por hoy, la exhaustividad en la captura de publicaciones on line. Pero no hay que alarmarse por ello, ya que el fenómeno no es nuevo en la historia de la cultura escrita. El paso del papiro al códice y, más tarde, la revolución protagonizada por la invención de la imprenta, dejaron en el camino multitud de textos que no han llegado a nuestros días.

Fiel a su labor de custodia, la BNE ha logrado recuperar texto oculto en los antiguos palimpsestos, ejemplares en los que se borraban escritos anteriores para poder reutilizar el papel. Y también ha protagonizado ambiciosos proyectos de digitalización gracias a los cuales piezas únicas se encuentran hoy accesibles para los ciudadanos, vía Internet. En su afán por recuperar el patrimonio, la Biblioteca Nacional ha recopilado una interesante colección conocida como “Ephemera” con un variopinto fondo de materiales que incluyen cromos, orlas, felicitaciones, cajas de cerillas y un sinfín de objetos cuyo valor actual nada tiene que ver con el fin para el que fueron creados, ya que logran acercarnos a las costumbres y manifestaciones culturales de nuestros ancestros. Esto sólo es posible a partir de una selección rigurosa que atiende no sólo a la relevancia actual de un contenido, sino también a la utilidad que puede adquirir en el futuro.

Las primeras iniciativas para recopilar el mundo on line datan de 1996 de la mano de Internet Archive. Por aquel entonces, la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecas (IFLA) ya se preguntaba si podíamos adentrarnos en ¿Una era digital oscura? de la mano de Terry Cuny, en una famosa conferencia pronunciada en 1997, cuando Internet apenas era la promesa de lo que habría de llegar a ser para el ciudadano común y corriente.

Reconociendo que la cultura del siglo XXI es esencialmente digital, la UNESCO en 2003 marcaba una serie de directrices que los gobiernos debían incorporar en sus políticas de conservación y establecía la Carta sobre la preservación del patrimonio digital que inspira el marco legal que regula estas cuestiones en el ámbito internacional. Aquel mismo año se creaba el Consorcio Internacional para la Preservación de Internet (IIPC), que hoy integran 49 miembros en representación de 25 países en todo el mundo. Nuestra Biblioteca Nacional forma parte de su consejo directivo.

El contenido del dominio .es está siendo recolectado por la BNE desde 2009, junto con alguna otra captura selectiva, primero en colaboración con Internet Archive y más tarde con el concurso de la empresa estatal Red.es. La continuidad de esta línea de trabajo hasta 2018 queda asegurada con la firma, el pasado mes de octubre, de un convenio entre esta empresa y la BNE.

Parte esencial de dicho acuerdo es el desarrollo del Depósito Legal de las publicaciones en línea que lleva un mes en vigor, para materializar las recomendaciones de la UNESCO en este campo. Aprobado por Real Decreto en el mes de julio, el texto amplía la normativa de depósito legal en nuestro país, atendiendo a las características específicas de estos contenidos, con la captura automática de webs de acceso público y restringido (que no privado).

Sabemos la información que demandamos hoy, pero no la que necesitarán consultar mañana nuestros descendientes. No se trata sólo de recopilar fuentes para la investigación, sino de preservar derechos esenciales del ciudadano. Los archivos guardan evidencias de nuestra trayectoria que podemos necesitar en el futuro y con el avance de la sociedad digital (y de la e-administración) es importante que las huellas que dejemos queden a buen recaudo. Por lo que parece, estamos en el buen camino.

Imagen: Transformer18

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