El caso Wakefield y los bulos que matan: los dispositivos, la seguridad y la salud

Víctor Deutsch    20 abril, 2016

Cuando Mercedes Núñez me propuso escribir una nota sobre las analogías entre los virus naturales y los virus informáticos, me acordé enseguida de una pregunta que me hicieron en un curso de usuarios de PC a principios de los años noventa. Un alumno preguntó muy seriamente en plena clase: “¿Pueden los virus informáticos transmitirse a los humanos?”

En ese momento, contar esta anécdota producía una sonrisa benévola, cuando no un estallido de carcajadas. Ahora la reacción es sustancialmente diferente, sobre todo entre los más sesudos expertos en tecnología y seguridad de la información. Incluso se publican artículos, como éste,“¿Nos puede infectar un virus informático?”, en periódicos de tirada nacional. Pero, ¿estamos volviéndonos locos o es realmente posible? Vamos por partes.

En general, esto tiene que ver con la tendencia a la creciente incorporación de tecnología wearable para el control de enfermedades crónicas (como la diabetes), la prevención o el fomento de hábitos de vida saludable (podómetros, etc.). La ciencia médica, además, hace años que está trabajando en el desarrollo de órganos artificiales u otros dispositivos que ayudan al funcionamiento de los mismos (como los marcapasos).

Hasta el punto de que, a largo plazo, algunos futurólogos hablan de que la especie humana evolucionará hacia verdaderos cíborgs: seres mitad humanos-mitad máquinas. Está de más decir que todos estos elementos se basan en tecnologías digitales. La hiperconectividad actual permite también que puedan ser controlados o monitorizados a distancia, con una simple conexión inalámbrica a Internet. Es una tendencia irrefrenable por la eficiencia que aporta al sistema sanitario: reducción del número de desplazamientos, menor dedicación de los “caros” recursos especializados y disminución de infraestructuras hospitalarias.

Pero surge la idea de que estos dispositivos digitales (no las personas) pueden ser “infectados” por un virus informático, igual que un PC, porque disponen de un procesador, almacenamiento de datos y conjuntos de instrucciones o programas “actualizables” y es posible el acceso remoto a través de protocolos de Internet. Además, por abaratamiento de costes, muchas veces se basan en versiones de sistemas operativos comerciales muy difundidas, en lugar de otros de propósito específico.

¿Estamos condenados entonces a que estos dispositivos sean “infectables”? ¿Corremos un serio peligro de que fallen con consecuencias desastrosas frente a un virus informático o, aún peor, el ataque de un ciberdelincuente? ¿Tenemos que renunciar al uso de estos dispositivos por estos peligros?

En relación con estas preocupaciones circulan numerosos bulos y exageraciones. Está el caso del mítico Barnaby Jack, que anunció que había logrado controlar un marcapasos a distancia, con la capacidad de alterar su funcionamiento para matar al paciente. Desafortunadamente, nunca pudimos enterarnos de cómo lo logró porque murió pocas horas antes de una conferencia en la que iba a explicar su original “procedimiento”, además de advertir contra las “vulnerabilidades” de las bombas de insulina.

Uno puede estar tentado de tomárselo a risa, pero estos bulos relacionados con la salud literalmente pueden matar, no por la supuesta “infección por virus informáticos”, sino por el bulo en sí mismo. Un buen ejemplo son los bulos antivacunas.

Esto puede ocurrir incluso en el mundo occidental: un buen caso es el de la Vacuna Triple Vírica (VTV) en el Reino Unido en 1998.

Ese año, la revista médica The Lancet publicó un trabajo de investigación firmado por Andrew Wakefield, que afirmaba que la aplicación de la VTV (sarampión, paperas, rubeola) tenía relación con la aparición de autismo y enfermedades gastrointestinales. Esta afirmación, a través de gacetillas y de una conferencia de prensa, llegó a periódicos tan serios como The Guardian e Independent.

La alarma social se extendió rápidamente, alimentada por Wakefield, que publicó nuevos trabajos en 2001 y 2002, cuando se publicaron más de 1.200 artículos sobre el tema. El temor se extendió cuando el primer ministro, Tony Blair, se negó a confirmar o desmentir si su hijo Leo había sido o no inmunizado con la vacuna, alegando que se trataba de un tema privado. A pesar de que las autoridades sanitarias presentaron otros estudios que demostraban la seguridad de la vacuna, gran parte del público no las creyó.

Como consecuencia, la tasa de vacunación de la VTV cayó del 92 al 61 por ciento entre 1998 y 2003. El número de casos de sarampión se disparó de 56 a 449 en 2006, con una víctima fatal y dos niños que sufrieron graves secuelas, todos por falta de vacunación. Los casos de paperas se incrementaron 37 veces hasta alcanzar 5.000 en 2005. El fenómeno se extendió a países fronterizos como Irlanda, con más de 1.500 casos y tres muertos en 2000.  En 2008, el sarampión se declaró endémico en el Reino Unido.

El 22 de febrero de 2004 una investigación periodística de Brian Deer para el Sunday Times desveló que la investigación de Wakefield era un fraude. Algunos de los supuestos niños contagiados de autismo por la vacuna habían sido reclutados por un bufete de abogados para preparar una demanda contra los laboratorios fabricantes de la VTV (es decir, fueron elegidos porque tenían autismo, antes de haber sido inoculados con la vacuna). Además, los abogados habían pagado a Wakefield 600.000 € por realizar el estudio. Peor aún, el médico había presentado una solicitud de patente para una nueva vacuna del sarampión.

Wakefield fue expulsado de la profesión y se le prohibió el ejercicio de la medicina por graves faltas éticas e ignorar conflictos de intereses. Aunque demandó a Brian Deer y a los medios que denunciaron sus actividades, los jueces fallaron en su contra y debió afrontar los costes de las demandas. Ahora es un activista antivacunas, pseudocientífico. Pero el bulo de la VTV todavía hoy tiene impacto: la tasa de vacunación en el Reino Unido y otros países no ha recuperado aún al nivel precedente.

Por eso, es muy conveniente la prudencia antes de tachar de inseguros a los dispositivos sanitarios y publicar noticias sensacionalistas. Conviene recordar que actualmente cualquier hardware y software para este uso pasa por numerosos controles de calidad por parte de las autoridades sanitarias de EE.UU. y la UE, además de los propios de la industria (hasta las apps son fiscalizadas) y los colegios profesionales de las distintas especialidades médicas.

Por supuesto, siempre puede existir un fallo, pero los protocolos actuales y las normas de diseño seguro son más exigentes que nunca. Muchas veces, pese a que se puede acceder al dispositivo a través de la Red (para capturar datos o alguna actualización), algunos programas delicados se construyen como un sistema aislado del sistema de acceso remoto y sólo se pueden modificar con cambios en el hardware/firmware, por una consola local.

En definitiva, uno puede estar razonablemente seguro de que si un profesional o equipo médico indica el uso de estos dispositivos es probablemente la mejor opción a su alcance, y siempre puede contrastarlo con la opinión de otro profesional competente.

Pero, sobre todo, es importante no creer en bulos sin contrastar, sean “tratamientos milagrosos”, denuncias contra la medicina convencional o historias de dispositivos “hackeables” sin verificar. Generalmente ocultan intereses económicos, políticos o incluso patologías mentales. Contribuir a difundirlos, incluso con la mejor intención, puede tener consecuencias imprevisibles y retrasar el desarrollo de una tecnología que puede mejorar las vidas de muchas personas. Lo mejor que podemos hacer es desacreditarlos, confrontándolos con la realidad (como hace este sistema de “alerta de bulos antivacunas”). Si alguien sospecha de algún bulo médico o similar, encantado de ayudar a verificarlo (@victordeutsch).

Nota final: por supuesto hay otra forma teórica de que un “virus informático” infecte a una persona. Para algunos, un ser humano es un conjunto de información genética codificada en el ADN. Actualmente somos capaces de representar esa información en forma binaria para que sea procesada como cualquier otro contenido digital (“secuenciación de ADN”). Bajo esta consideración, sería teóricamente posible introducir un “código malicioso” en este programa genético y modificar comportamientos, carácter, facultades físicas, etc. Sin embargo, para el “estado del arte” de la tecnología no deja de ser un “futurible”, teniendo en cuenta tantas áreas de la anatomía humana que no conocemos todavía cómo funcionan exactamente. Y eso sin considerar las cuestiones éticas y morales, que exceden el objetivo de este artículo.

Imagen: Ted Rheingold

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