Bridge building: puentes en vez de muros también en la oficina

Roberto García Esteban    5 enero, 2016

La Asamblea General de las Naciones Unidas estableció en 2011 el 30 de julio como el Día Internacional de la Amistad, con el convencimiento de que la amistad entre los pueblos y las personas puede inspirar iniciativas de paz y con especial énfasis en implicar a los jóvenes y a los futuros líderes en actividades que fomenten la inclusión de las distintas culturas y el respeto entre ellas.

Quizá algún día las empresas también celebrarán un día de la amistad, porque está demostrado que el buen ambiente en el trabajo se acaba notando en el balance de resultados. Aunque desde hace años se habla del conocido team building o, lo que es lo mismo, la mejora de las relaciones entre los miembros de un equipo, ahora cobra fuerza un nuevo concepto, el bridge building, que se define como el fomento de la colaboración y la amistad entre distintos departamentos y empleados muy diferentes entre sí. Porque la amistad nos hace más felices y, como consecuencia de ello, más productivos; en los momentos de dificultad es importante tener a alguien en quien confiar y contar con un grupo de amigos ayuda a gestionar las situaciones de estrés propias del trabajo.

El bridge building aparece como una de las diez tendencia laborales de este año que comienza: contribuye a mejorar la comunicación, a establece nexos entre áreas y profesionales con perfiles y experiencias complementarias, y facilita el desarrollo de proyectos multidisciplinares.

Y es que está demostrado que los equipos que funcionan mejor no son los que tienen miembros más inteligentes, o cuentan con una “superestrella”, sino los que conectan mejor emocionalmente entre ellos. Un biólogo de la universidad de Purdue, llamado William Muir, llevó a cabo un experimento para estudiar cómo mejorar la productividad. Para ello utilizó gallinas, que son animales que viven en comunidades, tienen un ciclo de vida relativamente corto y cuya productividad puede medirse fácilmente por los huevos que ponen.

Estableció dos grupos de gallinas: el primero era un grupo promedio, el grupo de control, sobre el que no intervino, y el segundo era el grupo de las “supergallinas”, formado por las gallinas más productivas. En éste, de cada nueva generación de gallinas seleccionaba sólo a aquellas más productivas para volver a conformar el nuevo grupo de “supergallinas”.

Pues bien, tras seis generaciones de gallinas, el grupo de control mejoraba su productividad sostenidamente (ponían más huevos) sin intervención alguna, mientras que en el grupo de las “supergallinas”, todas menos tres habían muerto pues se habían agredido (picoteado) entre ellas. Las gallinas individualmente más productivas habían logrado su éxito mediante la eliminación de los otros miembros.

Entonces, ¿dónde está la clave de la productividad en los equipos? En otro experimento llevado a cabo por el MIT estadounidense, cientos de voluntarios formaron distintos grupos a los que se les dio complicados problemas para resolver. Hubo equipos que obtuvieron resultados mucho mejores que otros, pero los que sobresalieron no fueron los que tenían a una o dos personas con un alto coeficiente intelectual, ni tampoco aquéllos en los que la suma de los coeficientes de sus miembros era mayor. Los grupos más exitosos fueron los que desarrollaron una mayor empatía entre sus integrantes (hay un test para medir eso) y los que tenían una aportación más uniforme entre sus componentes, es decir, donde no había ni grandes “estrellas” ni personas que pasaran desapercibidas. En resumen, los grupos exitosos fueron aquéllos cuyos miembros conectaron mejor, donde se crearon relaciones basadas en la confianza mutua y en los que las ideas fluían con más facilidad, sin emplear tiempo en actividades que acababan por llevar a ninguna parte.

No obstante, hay quien repite con frecuencia eso de “no vengo al trabajo a hacer amigos…”. Pero la realidad nos dice otra cosa, porque según el Insee (Instituto Nacional de Estadística Francés), el 20 por ciento de nuestros amigos proviene de nuestro entorno profesional. El mundo laboral aparece en segundo lugar, después de los estudios, en la clasificación de los lugares donde se forjan amistades. De hecho, en aquellas empresas con una cultura organizacional muy marcada y en las que los empleados tienen un alto orgullo de pertenencia, es donde resulta más probable que aparezcan relaciones de amistad. Es curioso el caso de Southwest Airlines, aerolínea conocida por tener una cultura empresarial muy enfocada al servicio al cliente y cuidar al empleado, que declara que un 6 por ciento de sus trabajadores han llegado a casarse con alguien de la misma empresa.

Aunque es cierto que al trabajo se va a trabajar y no a hacer amigos, compartir ocho horas diarias con las mismas personas es complicado cuando no tienes al menos una relación de confianza con ellas. Puede que en el trabajo no sea necesario que exista amistad, (aunque si la hay, estupendo) pero lo que de verdad es importante es que entre compañeros exista una relación de confianza y también de conocimiento mutuo. Ambas cosas pueden conseguirse sin necesidad de salir de cañas todos los días.

Como bien decía Ferrán Ramón-Cortesen un artículo de El País titulado “¿Compañeros o amigos?” en las relaciones laborales, la amistad es una elección, pero la confianza debería ser una obligación, ya que sin ella es más difícil entenderse y llegar a ser buenos compañeros. Y todo esto, al final, redunda en obtener mejores resultados, así que, como decía al comienzo, a lo mejor las empresas deberían plantearse lo de celebrar “el día de la amistad”…

Ya existe, de hecho, un sensor del “buen rollito”, que no sólo registra dónde se encuentra el empleado y hacia dónde se dirige, sino también con quién habla, en qué tono de voz, si está relajado o nervioso, estresado o aburrido. Esto genera un inmenso caudal de información que permite describir las oscilaciones en el estado de ánimo de la plantilla y el nivel de comunicación entre sus miembros.

 

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