Aviadores, diseñadores y cambio cultural en las empresas

Ángel González de la Fuente    23 octubre, 2014

Caballeros: Como estímulo a los valientes aviadores, deseo ofrecer, a través de los auspicios y regulaciones del Club Aéreo de América, un premio de 25.000 dólares al primer aviador de cualquier país aliado que cruce el Atlántico en un vuelo desde París a Nueva York, o desde Nueva York a París…

Sinceramente, Raymond Orteig”.

Éste es el enunciado de uno de los concursos más famosos de la historia. Lo firmó el dueño de un hotel de Nueva York en 1919. Ocho años después, Charles Lindbergh ganó el premio a bordo del avión bautizado como “Spirit of St. Louis”. Lo pilotó en solitario durante más de treinta horas, con una sola hélice, sin paracaídas para ahorrar combustible y con unas condiciones climatológicas adversas para que ningún competidor se le adelantara.

El vuelo del “Spirit of St. Louis” se convirtió en historia y dio lugar al Lindbergh boom: el interés público estadounidense en los viajes aéreos se disparó y el futuro de los vuelos comerciales se convirtió en el siguiente gran avance de la humanidad. La sociedad americana cimentó una cultura de fe en el progreso y en los avances tecnológicos.

Saltemos ahora al año 2000. Jake Nickell y Jacob DeHart deciden lanzar una tienda on line de venta de camisetas en Chicago, Illinois. No sabían diseñar y sólo tenían mil dólares. Además, la venta de camisetas, un mercado maduro y competitivo, parecía una mala elección para lanzarse a innovar. Sólo podían destacar con diseños de altísima calidad, así que basaron su estrategia en un concurso permanente. Crearon Threadless, donde los diseños de las camisetas son generados y elegidos por una comunidad on line de profesionales y público. Todas las semanas se lanza un reto con una temática. Los primeros mil diseños que llegan se ponen a disposición de la comunidad para que voten y, con ese feedback, se eligen diez diseños y se producen las camisetas, lo que garantiza su éxito. Cada diseñador seleccionado recibe 2.000 dólares (bastante menos los primeros años) y si la camiseta se agota y hay que reeditarla, 500 dólares adicionales. Threadless no está en bolsa, pero se calcula que su facturación en 2010 fue de 30 millones de dólares.

Ambos casos son ejemplos distintos y distantes en el tiempo de la utilización de concursos en relación con la innovación. Los dos se basan en un premio suculento, pero que supera las fronteras del propio premio para convertirse en un hito dentro de una comunidad (de aviadores o diseñadores). Y ahora llegamos al mundo de la empresa. Toda empresa es una comunidad con unos valores, una jerarquía y una cultura. Normalmente, en las grandes compañías esa cultura es fruto del esfuerzo de muchas décadas, no es fácil cambiarla y no siempre está alineada con las necesidades del presente. De la innovación no hay que explicar su importancia.

Así que supongamos que tenemos una comunidad, la necesidad de innovar y una cultura corporativa con necesidad de cambio. ¿Por qué no promover un concurso que haga soñar al conjunto de la compañía en la dirección que se precise para el objetivo de negocio?

Quienes hayan leído mis post sabrán que siempre los dedico a “gamificación” (esto que estoy proponiendo también es parte de lo mismo), y que no soy demasiado proclive a la competición como elemento motivador. La razón es que la competición no es el único ni el principal acicate en un entorno gamificado y, además, sólo motiva a un diez por ciento de los participantes. Sin embargo, en el ámbito de concursos e innovación, eso es precisamente lo que se busca: una vanguardia de un diez por ciento de emprendedores ferozmente competitivos que hagan soñar al resto e impulsen el cambio cultural y el desarrollo de negocio.

¡Claro que no es tan fácil como parece! Un concurso que promueva la innovación interna tiene que tener en cuenta muchos parámetros para que acierte al tocar las teclas motivadoras del subconsciente de un colectivo. Y no me refiero al premio, que es importante, pero que no es más que la gran campana de salida para que todos presten atención. Entre algunos de los parámetros necesarios, están que haya una meta objetivable y clara, que exista una comunidad suficiente que pueda resolver el reto, y que los participantes asuman costes y riesgos (sólo queremos a ese diez por ciento competidor).

Con estas pinceladas, voy a exponer el enunciado de un concurso ficticio dentro de, por ejemplo, una multinacional, con el fin de promover internamente la era digital y un ecosistema de innovación.

El objetivo sería activar una comunidad de fieros innovadores que arrastren al resto de la compañía a sus sueños digitales. Con estas ideas en mente, el enunciado podría ser:

“Señoras y señores: Como estímulo a la innovación digital dentro de la compañía, auspiciado por los códigos de conducta que mantenemos y a los retos a los que nos enfrentamos, ofrecemos 250.000 euros a aquéllos que generen (aquí el objetivo se puede cambiar) una red social interna  que fomente el trabajo colaborativo, que se defina como la red social del trabajo y los trabajadores, y que consiga que la utilice una cuarta parte de la plantilla en cualquier mes natural desde la fecha.”

¿Qué les parece?

(Disclaimer: Éste es un enunciado ficticio).

Imagen: clif1066

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